Se fue para asumir como senador, dejó la Intendencia en manos de un hombre de su confianza y regresó diez meses después con la inseguridad como argumento. En el camino, quedó expuesta una forma de entender el poder que desvaloriza la figura del intendente y convierte la conducción de Mar del Plata en una decisión sujeta a las conveniencias políticas.
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Montenegro, el tramposo
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