Por Gustavo Schweitzer (*)

En la célebre película Despertares (1990), el personaje interpretado por Robin Williams administra una droga experimental que logra sacar de un estado catatónico crónico a un grupo de pacientes. Por un breve y mágico período, aquellas personas vuelven a caminar, a conversar y a conectarse con el mundo, antes de que el efecto se disipe y la realidad vuelva a sumergirlos en el letargo.

En la política de Mar del Plata no hace falta recurrir a la L-Dopa para presenciar despertares milagrosos. Contamos con un estímulo mucho más potente y predecible: la inminencia del calendario electoral. Es fascinante observar cómo, cada vez que se acerca el momento de renovar bancas, y el arco legislativo local experimenta una súbita e intensa epifanía. De repente, los problemas estructurales de la ciudad cobran nitidez, los expedientes olvidados brillan con luz propia y muchos concejales y legisladores (no todos, nobleza obliga) se vuelven poseedores de un dinamismo asombroso. Salen del letargo, caminan los barrios y presentan proyectos con la urgencia de quien acaba de descubrir la pólvora.

Sin embargo, este fenómeno esconde una patología recurrente y ética que empaña la primavera legislativa: el hábito de «reciclar» ideas ajenas. En el apuro por engrosar la gacetilla de prensa y mostrar gestión, se reflotan luchas históricas de la comunidad, pero omitiendo un detalle fundamental: dar crédito a quienes verdaderamente las parieron y trabajaron en ellas durante años de silencioso esfuerzo.

El caso de la emblemática «Canchita de los Bomberos» en el barrio Parque Luro es un ejemplo de manual. Recientemente, el senador nacional Maximiliano Abad impulsó con fuerza mediática y legislativa un proyecto para que el Estado nacional ceda el predio al Municipio y se lo resguarde como espacio público patrimonial. La iniciativa es, sin dudas, necesaria y noble. Lo que la foto oficial olvida mencionar es que la defensa de ese último pulmón verde frente a la especulación inmobiliaria no nació en los despachos de La Plata o el Congreso, sino en el barro de la militancia vecinal.

Existen al menos dos antecedentes medulares construidos a fuerza de asambleas por los Vecinos Autoconvocados y la ONG Marplatenses Defensores del Patrimonio Arquitéctonico y Urbano, quienes sostuvieron el reclamo cuando el tema no sumaba votos. Presentar hoy la adecuación urbana como un logro exclusivamente propio es, cuanto menos, un acto de amnesia selectiva.

Algo similar ocurre en las coordenadas del deporte local. El concejal Ricardo Liceaga Viñas —acompañado también por el aparato de Abad— acaparó títulos con la propuesta de crear una Mesa de Trabajo y una jornada para planificar el futuro Museo del Deporte Marplatense. Al leer los considerandos, parecería que la ciudad se enfrenta a una idea vanguardista e inédita. No obstante, el archivo —ese enemigo íntimo de la política electoral— recuerda que hace años ya se aprobó una ordenanza específica que creaba una comisión destinada exactamente al mismo fin. En aquel andamiaje original, el Círculo de Periodistas Deportivos de Mar del Plata tuvo una vital importancia, aportando su archivo, su conocimiento técnico y el valor histórico de sus miembros para resguardar la memoria de nuestros atletas. Que hoy se reformule el proyecto bajo el rótulo de «novedad» sin reconocer el camino pavimentado por el Círculo y las normativas previas, reduce una política cultural de Estado a un mero activo de campaña de corto plazo.

Apropiarse del trabajo acumulado de organizaciones civiles, colectivos vecinales e instituciones intermedias no huele a «gestión» sino a oportunismo. La ciudadanía no es ingenua y percibe cuando una causa comunitaria es abrazada por convicción o cuando es utilizada como escudo de visibilidad.

El gran drama de los pacientes de la película Despertares era la dolorosa certeza de saber que la ventana de lucidez se cerraría tarde o temprano, devolviéndolos a la inmovilidad. En General Pueyrredon pasa lo mismo: sabemos con exactitud que, una vez que se cuenten los votos y se cierren las urnas, la droga del entusiasmo electoral perderá su efecto y muy posiblemente (ojala que no) vuelva el ritmo cansino, las comisiones aletargadas y promesas de participación comunitaria archivadas en algún cajón, a la espera de que el próximo turno electoral vuelva a obrar el milagro del despertar.

(*) Politólogo (USAL), Periodista (TEA). Especialista en urbanismo, patrimonio y medio ambiente, con seguimiento de CABA, Mar del Plata y Rosario. Creador de contenidos en el canal de Youtube Urbanos en la Red.