La tragedia ocurrida durante la madrugada del sábado en Cerrito y Magallanes, que dejó un muerto y varios heridos después de que un vehículo perdiera el control y terminara impactando contra personas que se encontraban frente a una despensa, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que Mar del Plata ya no puede seguir postergando: ¿hasta cuándo vamos a aceptar que nuestras calles se conviertan en escenarios permanentes de riesgo?
Porque el problema excede al tránsito. Ya no se puede permanecer tranquilo ni siquiera en una parada de colectivos, en la vereda de una despensa o esperando a alguien frente a un comercio. Un vehículo fuera de control puede transformarse, en cuestión de segundos, en un arma capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso.
Y la memoria colectiva todavía tiene demasiado presente la tragedia del Skatepark, donde una secuencia de imprudencias terminó con la muerte de jóvenes que simplemente estaban en un espacio público. Aquel episodio debería haber marcado un antes y un después en materia de prevención y seguridad vial. Sin embargo, los meses pasan y las escenas se repiten en distintos puntos de la ciudad.

No son hechos aislados
Choques a alta velocidad, vuelcos, conductores que realizan maniobras temerarias, motociclistas que circulan sin protección adecuada, picadas, consumo de alcohol y otras sustancias y una preocupante naturalización de las infracciones forman parte de una realidad que se volvió cotidiana.
Y cuando a esa conducta irresponsable se suman calles deterioradas, falta de señalización, iluminación deficiente y controles que muchas veces resultan insuficientes, el resultado es todavía más peligroso.
La siniestralidad vial no debería ser considerada simplemente una cuestión de tránsito. Es un problema de seguridad pública y de salud pública.
Cada persona que termina internada representa una familia afectada, una vida que se modifica y un costo humano y económico que termina afrontando toda la sociedad.
¿Dónde está la prevención?
La pregunta que debería hacerse el Estado no es solamente qué ocurrió después de cada choque, sino qué se hizo antes para evitarlo. ¿Dónde están las campañas permanentes de concientización? ¿Dónde están los controles de velocidad? ¿Dónde están los operativos de alcoholemia y detección de otras sustancias? ¿Dónde están los controles sobre quienes utilizan las calles para realizar maniobras peligrosas? ¿Dónde están las intervenciones en los puntos donde históricamente se producen siniestros?
No alcanza con aparecer después de una tragedia. La prevención tiene que ocurrir antes. Y tampoco alcanza con responsabilizar exclusivamente a los conductores.
Por supuesto que quien maneja alcoholizado, drogado, a una velocidad excesiva o de manera temeraria debe responder por sus actos. Pero el Estado también tiene la obligación de generar condiciones que reduzcan las posibilidades de que esas conductas terminen en una tragedia.
El problema de las calles
Las calles de Mar del Plata también forman parte de esta discusión.
Baches, falta de demarcación, iluminación deficiente, señalización insuficiente y cruces conflictivos pueden convertirse en factores que agravan situaciones ya peligrosas.
Una ciudad que pretende mejorar su seguridad vial debe identificar los puntos críticos, intervenirlos y controlar que las obras y medidas adoptadas realmente funcionen.
No podemos esperar a que alguien muera para descubrir que una esquina era peligrosa.
La ciudad no puede acostumbrarse
Quizás el dato más preocupante sea otro: nos estamos acostumbrando. Nos acostumbramos a leer sobre un choque grave y continuar con nuestra rutina. Nos acostumbramos a ver motos circulando a velocidades imposibles. Nos acostumbramos a vehículos que pasan semáforos en rojo. Nos acostumbramos a conductores que utilizan el celular mientras manejan. Nos acostumbramos a que las noches y los fines de semana sean momentos especialmente peligrosos.
Y también corremos el riesgo de acostumbrarnos a algo todavía peor: pensar que no podemos hacer nada.
Sí se puede. Se puede controlar más y mejor. Se puede sancionar. Se puede educar. Se pueden mejorar las calles. Se pueden realizar campañas permanentes. Se puede trabajar con escuelas, clubes, empresas, asociaciones y familias. Se puede utilizar tecnología para detectar excesos de velocidad. Se puede fortalecer el control de alcohol y drogas.
Pero hace falta una decisión política sostenida y, sobre todo, entender que la seguridad vial no puede ser una política que se active solamente cuando hay muertos.
La persona que espera el colectivo, quien compra en una despensa, quien camina por una vereda, quien circula en bicicleta o quien simplemente se encuentra en un espacio público tiene derecho a hacerlo sin sentir que en cualquier momento un vehículo puede terminar encima suyo.
La tragedia del Skatepark debería haber dejado una enseñanza imborrable. La muerte ocurrida ahora en Cerrito y Magallanes vuelve a recordárnosla de la peor manera.
No podemos seguir esperando la próxima tragedia para volver a hablar de prevención. Porque cuando llega el momento de hablar de prevención después de una muerte, ya es demasiado tarde.
