No sé qué pasará cuando el árbitro marque el final del partido frente a Inglaterra. Tal vez haya otra noche inolvidable. Tal vez llegue la tristeza de una eliminación. En realidad, esta vez siento que es lo de menos.

Porque este equipo ya nos regaló algo mucho más valioso que un resultado.
Nos devolvió la emoción de sentirnos parte de un mismo pueblo.

Cada vez que juega la Selección, la Argentina se transforma. Los negocios bajan sus persianas un rato, las calles se vacían y las casas se llenan de familias, amigos, vecinos y desconocidos que comparten una misma ilusión. Los chicos que apenas empiezan a descubrir la magia del fútbol gritan los goles con la misma intensidad que aquellos que ya peinamos canas y hemos aprendido que las grandes alegrías siempre llegan después de haber sufrido un poco.

Durante noventa minutos, ciento veinte si hace falta, y ojalá no sea necesaria esa tortura maravillosa que representan los penales, desaparecen las diferencias. No importa a quién votamos, cuánto tenemos, de dónde venimos o qué pensamos. Solo existe una camiseta, una bandera y un sueño que nos abraza a todos por igual.

Y entonces ocurre el milagro.

Nos abrazamos con personas a las que nunca vimos. Nos emocionamos hasta las lágrimas por un gol. Cantamos el Himno con un orgullo difícil de explicar. Descubrimos que todavía somos capaces de alegrarnos por el otro y de sentir que nadie sobra cuando el objetivo es el mismo.

Después volverá la realidad. Regresarán las discusiones, la intolerancia, el enojo permanente, las redes sociales convertidas en trincheras y esa costumbre tan argentina de encontrar más motivos para dividirnos que para encontrarnos.

Pero durante un rato demostramos que podemos ser distintos.

Que detrás de tantas diferencias sigue existiendo un país que late con un mismo corazón.

Tal vez esa sea la mayor victoria de esta Selección. Más allá de las copas, de los récords o del lugar que ocupe en la historia. Nos recordó que el orgullo de ser argentinos no nace solamente de los triunfos, sino de la posibilidad de volver a mirarnos como compatriotas.
Ojalá no necesitemos siempre una pelota para descubrir la mejor versión de nosotros mismos.

Gracias, Selección Argentina. Gracias por regalarnos esa felicidad que no se compra ni se explica. Gracias por hacernos sentir, aunque sea por unas horas, que la bandera celeste y blanca puede ser mucho más que un símbolo: puede ser el abrazo que nos recuerda quiénes somos cuando decidimos caminar juntos.



Gonzalo Patrone es un periodista marplatense con más de tres décadas de trayectoria en medios radiales y digitales. Se ha consolidado como una referencia del periodismo especializado en la región, destacándose...