Lo ocurrido en las últimas horas con las declaraciones sobre el padre de Lionel Messi volvió a poner sobre la mesa un problema que excede largamente a Florencia Peña, a un programa de televisión o a una polémica pasajera. Nos obliga a discutir algo mucho más profundo: quiénes comunican, con qué responsabilidad lo hacen y qué lugar ocupa hoy el periodismo en los medios.

Porque el problema no es solamente que alguien diga algo falso, irresponsable o sin verificar. El problema es que hemos naturalizado que cualquier persona pueda ocupar un micrófono o sentarse frente a una cámara para hablar de cualquier tema sin asumir las consecuencias de sus palabras.

Y en esto los periodistas también tenemos una cuota de responsabilidad.
Durante años aceptamos, muchas veces sin cuestionarlo, la progresiva sustitución de periodistas por actores, humoristas, productores teatrales, influencers, panelistas profesionales y opinólogos de ocasión.

Yo mismo soy parte de esa historia. A pesar de mi desagrado y priorizar la necesidad de trabajar por sobre mis convicciones, formé parte de programas donde la lógica del espectáculo comenzó a imponerse sobre la lógica de la información. Sería hipócrita señalar a otros sin reconocer esa responsabilidad propia.

Poco a poco dejamos que el conocimiento, la experiencia y la formación fueran perdiendo valor frente a la popularidad. Los medios empezaron a priorizar al personaje mediático, al que genera repercusión, al que acumula seguidores en redes sociales, al que garantiza un recorte viral para circular durante horas en internet.

Mientras tanto, el periodista que estudió, se preparó, aprendió a chequear información, a contrastar fuentes y a comprender el peso de cada palabra pasó a ocupar un lugar cada vez más secundario.

Hoy, para algunos sectores de nuestra profesión, las escuelas de periodismo parecen haberse convertido en un simple cartón pintado. Da lo mismo formarse durante años que tener miles de seguidores. Da lo mismo investigar que opinar. Da lo mismo verificar que especular.

Y cuando todo da lo mismo, la información deja de importar.

La comunicación tiene consecuencias. Una frase dicha al aire puede afectar reputaciones, generar angustia, provocar daños personales o instalar versiones falsas que luego son imposibles de corregir. La palabra pública nunca es inocente. Nunca lo fue.

Por eso el debate no debería centrarse únicamente en Florencia Peña. Ella es apenas una expresión de un fenómeno mucho más amplio. La verdadera discusión es por qué llegamos a un punto en el que decir cualquier cosa parece no tener costo alguno.

Tal vez sea momento de recuperar una idea que durante años fue perdiendo prestigio: comunicar es una responsabilidad. No un juego. No una actuación. No una competencia por clics.

Y esa responsabilidad debería ser exigida tanto a quienes hablan como a quienes les entregan los micrófonos.

Porque cuando los medios reemplazan el criterio profesional por la lógica del espectáculo, cuando la popularidad vale más que la preparación y cuando la opinión importa más que los hechos, no pierde el periodismo.

Perdemos todos.



Gonzalo Patrone es un periodista marplatense con más de tres décadas de trayectoria en medios radiales y digitales. Se ha consolidado como una referencia del periodismo especializado en la región, destacándose...