No hizo falta una convocatoria. Tampoco un escenario. Bastó el pitazo final para que miles de marplatenses supieran, casi por instinto, cuál era el destino: el Monumento a San Martín.

En cuestión de minutos, el centro de la ciudad se tiñó de celeste y blanco. Banderas que flameaban desde las ventanillas de los autos, camisetas de todas las épocas, bombos, redoblantes y un coro interminable que repetía las canciones que ya son parte de la banda sonora de este Mundial. Argentina había derrotado a Inglaterra y estaba otra vez en la final.

Los primeros en llegar fueron los jóvenes. Después aparecieron las familias con chicos sobre los hombros de sus padres, los abuelos con la camiseta puesta y los amigos que se abrazaban como si el tiempo se hubiera detenido por un instante. Nadie quería quedarse en su casa. La alegría necesitaba compartirse.

Las bocinas marcaron el ritmo de una caravana que recorrió la avenida Luro, la costa y las principales arterias de la ciudad.

En los barrios la escena se repetía. En Constitución, Punta Mogotes, Libertad, Peralta Ramos, Batán y tantos otros rincones de la ciudad hubo abrazos, fuegos artificiales y gritos de desahogo. Porque este equipo volvió a conseguir algo que trasciende el fútbol: reunir a personas de todas las edades detrás de una misma ilusión.

Cada gol se gritó con el alma, pero el festejo final tuvo un sabor distinto. No era un partido más. Era Inglaterra. Era una semifinal. Era el pasaje a una nueva final del mundo.

Hubo quienes llevaron banderas enormes, otros improvisaron con una camiseta atada a un palo de escoba y muchos simplemente levantaron los brazos al cielo mientras cantaban el Himno Nacional. No importaban las diferencias ni las preocupaciones cotidianas. Por unas horas, Mar del Plata volvió a ser una sola.

Y la ilusión sigue intacta. Porque Argentina jugará otra final del mundo. Y porque, una vez más, Mar del Plata demostró que cuando juega la Selección, el fútbol deja de ser apenas un deporte para convertirse en una celebración colectiva que une, emociona y hace creer que, al menos por un rato, todo es posible.