Desde hace meses, el gobierno municipal ha instalado con fuerza un mensaje optimista: la construcción de una «Mar del Plata del Sí». Una ciudad abierta a las inversiones, a los desarrollos privados, a los nuevos emprendimientos y a los anuncios de crecimiento. Cada inauguración, cada proyecto inmobiliario y cada desembarco empresarial son presentados como señales de una ciudad que avanza.

Sin embargo, detrás de esa narrativa existe otra realidad, mucho menos visible en los discursos oficiales. Es la realidad de los comerciantes que bajan sus persianas definitivamente, de las empresas familiares que no logran sostener sus costos, de los negocios históricos que forman parte de la identidad marplatense y que desaparecen silenciosamente.

La pregunta es inevitable: ¿la ciudad del «Sí» es para todos o solamente para quienes todavía pueden invertir?

Resulta llamativo observar cómo cada nueva inversión recibe el respaldo político, institucional y comunicacional del municipio, mientras los cierres comerciales parecen no generar preocupación pública. No hay conferencias de prensa ni posteos en redes sociales cuando un comercio tradicional desaparece. No hay campañas para preservar emprendimientos que llevan décadas generando empleo. No hay la misma energía para discutir qué ocurre cuando una pyme ya no puede sostenerse.

La pérdida de comercios históricos no es solamente un problema económico. También representa una pérdida cultural y social. Marcas, locales y empresas que acompañaron durante generaciones la vida de los marplatenses forman parte del patrimonio intangible de la ciudad. Cuando cierran, no desaparece únicamente una actividad comercial; también se pierde un fragmento de la memoria colectiva.

La situación se vuelve aún más evidente cuando se observan los datos conocidos en los últimos días. Mientras el discurso oficial continúa enfocado en la llegada de nuevas inversiones, la realidad económica muestra señales de alarma. La Unión de Trabajadores Hoteleros y Gastronómicos (UTHGRA) advirtió que en apenas 60 días cerraron o anunciaron su cierre alrededor de 40 cafés, restaurantes y hoteles en Mar del Plata, una situación que ya afectó a más de 400 trabajadores. El propio gremio alertó que no observa nuevas inversiones o aperturas capaces de compensar la pérdida de puestos de trabajo que generan estos cierres.

A este panorama se suma un relevamiento reciente de la UCIP que identificó 190 locales cerrados o vacantes en distintos corredores comerciales de la ciudad, con una tasa de desocupación cercana al 8%, y con zonas particularmente afectadas como Juan B. Justo y 12 de Octubre. Más allá de los anuncios y las inauguraciones, los datos muestran una ciudad donde cada vez son más las persianas bajas y donde la crisis golpea a sectores que históricamente fueron motores de empleo y desarrollo.

Pero la indiferencia no alcanza únicamente al comercio. También se observa frente a la situación que atraviesan sectores productivos que son parte de la esencia misma de Mar del Plata. La industria textil, una de las principales generadoras de empleo de la ciudad durante décadas, enfrenta una profunda crisis producto de la caída del consumo, el aumento de costos y la creciente competencia de las importaciones. Del mismo modo, la actividad pesquera, motor histórico de la economía local, atraviesa un escenario complejo marcado por la pérdida de competitividad, la presión de los costos operativos y la incertidumbre sobre la rentabilidad de muchas empresas.

Mientras se multiplican las fotografías junto a nuevos proyectos de inversión, son escasas las gestiones visibles para acompañar a industrias que sostienen miles de puestos de trabajo directos e indirectos y que forman parte de la identidad productiva de la ciudad.

Resulta paradójico que se celebre la llegada de nuevas inversiones mientras se naturaliza el deterioro de actividades que hicieron de Mar del Plata mucho más que un destino turístico. La ciudad no puede pensar su futuro desconociendo a quienes construyeron su presente.

Promover inversiones es necesario. Nadie discute la importancia de generar empleo, atraer capitales o impulsar el desarrollo económico. El problema aparece cuando la agenda pública parece concentrarse exclusivamente en quienes llegan, mientras se ignora a quienes ya estaban y luchan por sobrevivir.

Una política de desarrollo verdaderamente integral debería contemplar ambas dimensiones. Celebrar una nueva inversión y, al mismo tiempo, preocuparse por los comercios que atraviesan dificultades. Facilitar la llegada de nuevos actores económicos, pero también proteger el entramado productivo que durante décadas sostuvo la economía local.

Porque una ciudad no se construye únicamente con las inversiones que llegan. También se sostiene con los comercios que resisten, con las industrias que generan empleo de calidad, con las empresas familiares que siguen apostando a pesar de las dificultades y con los emprendedores que no buscan beneficios extraordinarios, sino simplemente mantener abiertas sus puertas.

La verdadera Mar del Plata del «Sí» debería ser aquella que dice sí a las nuevas inversiones, pero también sí a la defensa de su identidad económica, comercial e industrial. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una ciudad que celebra las inauguraciones mientras naturaliza los cierres, las suspensiones y el debilitamiento de los sectores que históricamente le dieron trabajo y desarrollo.



Gonzalo Patrone es un periodista marplatense con más de tres décadas de trayectoria en medios radiales y digitales. Se ha consolidado como una referencia del periodismo especializado en la región, destacándose...