La historia de la calle Alem es, en gran medida, la historia de las transformaciones de la noche marplatense. Durante años fue el epicentro de la actividad nocturna de la ciudad. Bares, pubs y boliches convirtieron a ese corredor en un punto de encuentro casi obligado para miles de jóvenes y turistas. El movimiento económico era intenso, la actividad parecía inagotable y el sector vivía uno de sus momentos de mayor crecimiento.
Pero esa imagen de auge también tuvo su contracara. El crecimiento sostenido de la nocturnidad comenzó a convivir con reclamos cada vez más frecuentes por ruidos, descontrol, problemas de tránsito, peleas y dificultades para la convivencia diaria de quienes residían en la zona. La discusión dejó de ser exclusivamente comercial y pasó a convertirse en un tema de política pública.
Fue en ese contexto que durante la gestión de Gustavo Pulti se impulsaron restricciones y controles más estrictos a través de la ordenanza 14.000. La regulación buscó ordenar la actividad y establecer límites que modificaron significativamente el funcionamiento de la noche marplatense. Para algunos representó una decisión necesaria para recuperar equilibrio; para otros, significó el inicio de un proceso de pérdida de dinamismo comercial.
Con el paso del tiempo, Alem cambió su identidad. El viejo corredor dominado por boliches comenzó a transformarse en una zona con mayor perfil gastronómico y propuestas más orientadas a encuentros sociales que a la vida nocturna tradicional. Muchos establecimientos se adaptaron a una nueva realidad y el sector encontró otras formas de sostener su actividad.
Ahora el gobierno municipal parece mirar nuevamente hacia ese corredor con la intención de devolverle parte de la energía perdida. La propuesta de flexibilizar normas para permitir DJs, habilitar el baile y extender horarios aparece como una señal clara: la nocturnidad vuelve a estar sobre la mesa.
Sin embargo, el tema no parece encontrar una aceptación automática. La reacción de vecinos que comenzaron a juntar firmas contra el proyecto deja en evidencia que la memoria sobre lo ocurrido en Alem todavía sigue presente. Cuando hablan del riesgo de «volver a padecer lo que fue Alem en el pasado», no se refieren a una idea abstracta sino a una experiencia concreta que muchos vivieron durante años.
Y quizás allí aparezca el verdadero desafío. La discusión no pasa solamente por decidir si una calle debe tener más música o más movimiento. La pregunta de fondo es si una ciudad puede recuperar actividad económica sin repetir errores que ya conoce.
Porque la historia de Alem enseña algo: una noche desbordada puede traer problemas, pero una ciudad sin movimiento también puede perder parte de su vitalidad. Entre ambos extremos aparece la responsabilidad política de encontrar equilibrio.
Tal vez por eso Alem se haya convertido otra vez en un objetivo del gobierno municipal. Lo que todavía resta saber es si busca recuperar una calle o recuperar un tiempo que ya no existe.