En los últimos años, los marplatenses hemos sido testigos de una realidad que avanza casi sin resistencia: el cierre de comercios tradicionales que durante décadas formaron parte de la identidad de la ciudad. Lo preocupante no es solamente la desaparición de estos espacios emblemáticos, sino la naturalización con la que muchas veces se acepta este proceso.
Periquita, Rossi Rossi, Tienda Los Gallegos, Soriano, la Boston, Marechiare y tantos otros nombres no fueron simples locales comerciales. Fueron puntos de encuentro, referencias urbanas, espacios donde varias generaciones construyeron recuerdos. Eran parte del paisaje cotidiano de Mar del Plata y contribuían a darle una personalidad propia, diferente a cualquier otra ciudad del país.
Mauro Sergio, El Amanecer y tantos otros locales comerciales que forman parte de la geografía comercial de Mar del Plata también atraviesan tiempos de incertidumbre.
Sin embargo, cada vez que una de estas empresas históricas baja sus persianas, la noticia dura apenas unos días. Luego llega el silencio, como si se tratara de una consecuencia inevitable de los tiempos que corren. Se habla de cambios en los hábitos de consumo, de nuevas tecnologías, de competencia con las grandes plataformas o de las dificultades económicas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que detrás de cada cierre existe una señal de alarma sobre el deterioro de la actividad económica local.
Cuando desaparecen los comercios tradicionales no sólo se pierden puestos de trabajo. También se debilita el entramado social y cultural de la ciudad. Se pierde conocimiento acumulado, relaciones construidas durante décadas y una forma de hacer comercio basada en la cercanía con el vecino.
Mar del Plata siempre se caracterizó por tener una identidad comercial fuerte. Sus calles céntricas eran parte de la experiencia urbana, tanto para residentes como para turistas. Caminar por San Martín, Rivadavia o la peatonal significaba encontrarse con marcas que llevaban décadas acompañando la historia local. Hoy, en cambio, proliferan locales vacíos, alquileres que no encuentran ocupantes y una sensación creciente de pérdida.
Lo más peligroso es acostumbrarse. Porque cuando una sociedad naturaliza que cierren sus comercios históricos, también comienza a resignarse a la pérdida de parte de su identidad. Y una ciudad sin memoria corre el riesgo de convertirse en un lugar cada vez más homogéneo, donde desaparecen aquellos símbolos que la hacían única.
Defender el patrimonio de una ciudad no implica únicamente preservar edificios o monumentos. También significa cuidar a aquellas instituciones comerciales que forman parte de su historia. Porque cuando una persiana histórica se cierra definitivamente, no sólo desaparece un negocio: se apaga un fragmento de la memoria colectiva de Mar del Plata.
