Buenos Aires, 18 de mayo de 2026.- En un contexto epidemiológico marcado por el aumento sostenido de enfermedades emergentes y reemergentes, es necesario reforzar uno de los pilares más sólidos de la salud pública: la inmunización. Es importante recordar que el brote de dengue del verano del año 2024 dejó en evidencia la magnitud del problema y también las limitaciones de los enfoques centrados exclusivamente en el control del mosquito vector.

De acuerdo con datos oficiales del Ministerio de Salud de la Nación, la temporada 2023-2024 registró más de 580.000 casos confirmados de dengue y 419 muertes, configurando el mayor brote desde la reintroducción del virus en el país. Este escenario, que se extendió a 19 jurisdicciones, refleja un cambio en la dinámica epidemiológica de la enfermedad, que ya no se restringe a regiones específicas ni a determinados períodos del año. Factores como el cambio climático, la urbanización acelerada y la expansión del mosquito Aedes aegypti han contribuido a consolidar un entorno propicio para la transmisión sostenida del virus.

Diversos estudios científicos han documentado este fenómeno y han señalado que el aumento de las temperaturas globales y las modificaciones en los patrones de precipitación están ampliando la distribución geográfica de los vectores del dengue, incrementando el riesgo de brotes en zonas previamente no endémicas.

En este contexto, la vacunación emerge como una herramienta complementaria clave dentro de una estrategia integral de prevención. En 2023, la Argentina aprobó el uso de la vacuna tetravalente contra el dengue, basada en virus atenuados, indicada para personas a partir de los 4 años y administrada en un esquema de dos dosis separadas por tres meses. 

Ensayos clínicos de fase III han demostrado que la vacuna puede reducir significativamente el riesgo de enfermedad sintomática y hospitalización. Los resultados del estudio TIDES mostraron una reducción del 84% en las hospitalizaciones por dengue y una disminución del 61% en los casos de dengue sintomático en la población vacunada. Estos beneficios se observaron tanto en personas que ya habían tenido dengue como en aquellas sin antecedentes previos de infección.

“La vacunación es una herramienta efectiva, pero su impacto dependerá de que la misma alcance a la población objetivo en tiempo y forma, es decir con esquemas completos. No alcanza con tener la vacuna disponible: se necesita una estrategia sostenida que promueva la adherencia y facilite el acceso”, señaló la Dra. Analía Urueña, médica infectóloga, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE) y directora del Centro de Estudios para la Prevención y Control de Enfermedades Transmisibles de la Universidad Isalud.

Las coberturas de vacunación subóptimas registradas sistemáticamente durante los últimos años han generado una creciente vulnerabilidad de la población frente a enfermedades inmunoprevenibles históricamente controladas, además de limitar la capacidad de respuesta ante nuevas amenazas sanitarias. Enfermedades como el sarampión, la tos convulsa o la hepatitis A, que se encontraban bajo control, muestran hoy signos de reemergencia, lo que evidencia la fragilidad de los logros alcanzados cuando la continuidad de las estrategias de inmunización se debilita.

La vacunación contra el dengue no reemplaza otras medidas de control, como la eliminación de criaderos de mosquitos o el uso de repelentes, sino que se suma a una estrategia integral. Estudios recientes han demostrado que las estrategias combinadas -que incluyen control vectorial, vigilancia epidemiológica y vacunación- son significativamente más efectivas que aquellas basadas en una sola intervención.

“La experiencia del último brote nos dejó una enseñanza clara: no podemos depender únicamente del control del mosquito. Necesitamos anticiparnos con herramientas de prevención primaria, y la vacunación es una de las más importantes. Es importante que aquellas personas que viven en zonas de riesgo conversen con sus médicos sobre la recomendación de la inmunización, ya que tienen la posibilidad de comenzar con el esquema que incluye la aplicación de 2 dosis separadas por 90 días y así llegar con protección para la zona estival. Es importante destacar que la vacuna demostró inmunidad sostenida y un perfil de seguridad favorable, respaldados por estudios de seguimiento a largo plazo tras la aplicación del esquema completo”, agregó la Dra. Urueña.

En términos económicos, múltiples estudios han demostrado que la vacunación -además de salvar vidas- reduce significativamente los costos asociados a la atención médica y la pérdida de productividad por enfermedades inmunoprevenibles. Un análisis publicado en Health Affairs estimó que por cada dólar invertido en inmunización, se generan retornos de hasta 19.8 dólares cuando se consideran los beneficios sociales y económicos.

En el caso del dengue, los costos asociados a los brotes incluyen la atención de pacientes y el impacto en los sistemas de salud, que pueden verse rápidamente saturados durante los picos de transmisión. La prevención, en este sentido, es tanto una estrategia sanitaria como una decisión económica racional.