En la mañana del 1° de mayo, en la Catedral de Mar del Plata, se celebró la Santa Misa por el Día del Trabajo, presidida por monseñor Ernesto Giobando. La celebración fue organizada por la Pastoral Social de la diócesis y contó con la presencia de representantes de diversos ámbitos del trabajo y de la vida pública: la CGT, la UCIP, el Parque Industrial, la Sociedad Rural, movimientos sociales, concejales y otras entidades de la comunidad marplatense.
En su homilía, el Obispo partió de la Palabra de Dios proclamada, recordando la exhortación de san Pablo: “háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres”. Desde allí, propuso a quienes tienen trabajo que al vestir el uniforme o la ropa de trabajo se pongan también el “‘overol amor y buscar la amistad social”.
Retomando una de las claves del magisterio del papa Francisco, monseñor Giobando subrayó que la “amistad social” es hoy un camino imprescindible para atravesar “este momento crítico que estamos viviendo como sociedad”, marcado por “la falta de trabajo, la incertidumbre en aquellos que lo tienen y la desilusión de tantos jóvenes que ven frustrados sus sueños”. En ese sentido, afirmó que la amistad social implica “encuentro”, y por lo tanto, la búsqueda del bien común, “no el bienestar de una minoría, sino el de la inmensa mayoría que quiere vivir en paz, con trabajo digno, justo”.
Al enumerar situaciones concretas que forman parte del día a día de tantos trabajadores, resonaron expresiones como: “Vivo de changas”, “me las arreglo como puedo”, “la jubilación no alcanza, tengo que salir a trabajar”, “estoy suspendido”, “me deben varios meses”. Frente a esta realidad, alentó a que la amistad social “sea el paradigma de una nueva realidad laboral”, donde las leyes y decisiones prioricen “la dignidad de las personas, de los que ofrecen trabajo y de los que trabajan”, tendiendo puentes y promoviendo el diálogo y la unidad por encima de los intereses particulares.
En esa misma línea, invitó a una reflexión de fondo sobre el sentido del trabajo y de la vida social: “Si el dinero y el lucro es lo único que se privilegia, ¿para qué estamos acá?”. Y, retomando la Palabra escuchada, señaló que estamos llamados a “poner el corazón en el trabajo”, reconociendo que “solamente el trabajo es lo que nos da dignidad”. Sin embargo, precisó con claridad: “no se vive para trabajar, sino que se trabaja para vivir”, recordando que el trabajo es el medio para “llevar el pan de cada día a la mesa de la familia”.
Al referirse al Evangelio —“¿No es éste el hijo del carpintero?”—, destacó el valor de la historia familiar y del trabajo transmitido de generación en generación: “qué lindo es escuchar ‘conozco a tu papá, a tu mamá, qué buena gente que son’; qué orgullo decir ‘es la empresa de mi viejo’, ‘gracias a mi mamá pudimos salir adelante’”. En esas expresiones, afirmó, se va tejiendo “la urdimbre de un trabajo solidario, profesional, artesanal, político, educativo, pero siempre digno”. No dejó de mencionar también el momento difícil que atraviesan muchos empleadores: “qué duro para un empresario o el dueño de un negocio tener que decirles a sus empleados que ya no hay trabajo”.
En otro tramo de la homilía, el obispo compartió palabras de la carta enviada por el papa León XIV a los empresarios argentinos, en la que se destaca la figura del Siervo de Dios Enrique Shaw: “Enrique promovió salarios justos, impulsó programas de formación, se preocupó por la salud de los obreros y acompañó a sus familias. No concebía la rentabilidad como un absoluto”. Y recordó la enseñanza de la Rerum Novarum: “no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos la dignidad de la persona”. En esa línea, remarcó otra afirmación central: “en el centro de cualquier dinámica laboral no deben situarse ni el capital, ni las leyes del mercado, ni el beneficio, sino la persona, la familia y su bien”.
Hacia el final, monseñor Giobando convocó a toda la sociedad marplatense “a dar lugar a la posibilidad de pensar y llevar a la práctica una política laboral donde el pensamiento cristiano sea la base de una garantía de derechos y obligaciones: esto se llama justicia social”.
La celebración concluyó con una oración confiada a san José obrero, modelo del trabajo cotidiano: “nos enseña la consoladora y a veces ardua tarea de poner las manos en el trabajo”. El obispo evocó sus manos de carpintero, “con las cicatrices propias del oficio”, como anticipo de las llagas de Cristo, recordando que “toda obra buena que uno realiza deja sus huellas en el bien de los demás”.
