Durante décadas, Punta Mogotes fue mucho más que un complejo balneario. Representó una postal de verano, una fuente de trabajo y uno de los símbolos más reconocibles de Mar del Plata. Sin embargo, en los últimos años, también se convirtió en escenario de una disputa permanente entre el gobierno bonaerense y el municipio, una pelea donde abundan los discursos grandilocuentes pero escasean los acuerdos concretos.
La discusión por la administración de Mogotes nunca fue solamente técnica o jurídica. Siempre tuvo un fuerte contenido político. La Provincia sostiene desde mediados de la década del 80 el control del complejo a través de una administración mixta (el 70% del directorio para Provincia y el 30% restante municipal), mientras desde distintos sectores de la ciudad se reclama la devolución plena del manejo al municipio mediante la cancelación de una millonaria deuda. En el medio, pasan los gobiernos, cambian los nombres y los colores partidarios, pero el conflicto sigue intacto.
Lo preocupante es que cada nueva instancia termina reducida a un cruce de declaraciones, acusaciones y posteos en redes sociales. El oficialismo municipal denuncia centralismo y desinterés desde La Plata. La Provincia responde cuestionando décadas de abandono local o reclamando participación institucional. Y así, Mogotes vuelve a quedar atrapado en una lógica de confrontación que parece más pensada para consolidar relatos políticos que para resolver problemas reales.
Mientras tanto, la ciudad observa cómo uno de sus espacios más emblemáticos permanece condicionado por una administración híbrida, burocrática y atravesada por intereses contrapuestos. Cada discusión sobre licitaciones, obras o planificación turística termina contaminada por la disputa de poder. Lo que debería ser una política de Estado consensuada entre ambas jurisdicciones se transforma en una batalla permanente por apropiarse políticamente de un símbolo marplatense.
El problema de fondo no es solamente quién administra Punta Mogotes. El verdadero problema es que hace demasiado tiempo que la discusión se plantea en términos de vencedores y vencidos. Como si recuperar o sostener el control del complejo fuese un trofeo político y no una responsabilidad institucional.
Mar del Plata necesita que Mogotes deje de ser utilizado como bandera electoral. Necesita planificación, inversiones, reglas claras y una mirada estratégica sobre el desarrollo costero y turístico. Necesita, sobre todo, dirigentes capaces de sentarse en una misma mesa sin convertir cada diferencia en una guerra pública.
Porque cuando la política convierte los espacios públicos en territorios de disputa partidaria, los únicos que terminan perdiendo son los vecinos. Y en este caso, también pierde uno de los lugares más representativos de la ciudad.