En este artículo, la psicoanalista Andrea Cecchi nos propone reflexionar sobre la situación social desatada por la aparición del coronavirus. Analiza la ansiedad y los mecanismos que la fomentan, además de considerar la situación real y nuestra realidad psíquica para hacerle frente a la situación internacional.

Cuando nos toca vivir, como ciudadanos, un hecho de la magnitud de una pandemia, corremos el riesgo de entrar en pánico social debido a la desinformación o a la sobre información brindada por el periodismo masivo, y ahora más que nunca por audios o videos de gente desconocida que alarma inexplicablemente o difunde información errónea. Por este y muchos otros motivos, es necesario poner un manto de cordura y conciencia colectiva para evitar dicho pánico social.

El instinto de supervivencia es inherente a todo ser vivo que habita en la naturaleza, del reino animal e incluso del vegetal. De maneras más activas, otras más pasivas, los seres humanos tenemos la pulsión de vida a flor de piel: simplemente luchamos por vivir. Los mecanismos de supervivencia se ponen en acción cuando existen motivos (reales o imaginarios) que hacen peligrar nuestra propia existencia. El virus COVID-19 (perteneciente a la familia de los coronavirus) es real, pero no toda la información que circula mediáticamente. Son las noticias apocalípticas las que generan el pánico social que provoca situaciones como el vaciamiento en los supermercados, genera escasez de recursos sanitarios como barbijos, guantes, alcohol, etc., genera odio, discriminación y más. El pánico tiende más al “sálvese quien pueda” que a una conciencia de solidaridad social.

El miedo es una respuesta racional a una amenaza real, el pánico es la respuesta irracional ante la misma realidad, se caracteriza por el desborde y la excesiva angustia que no nos permite plantearnos racionalmente la situación para cuidarnos y estar atentos. El pánico nos hace actuar de forma inadaptada, discriminamos a los enfermos; el Otro semejante, lejos de ser nuestro aliado, se transforma en nuestro enemigo y tendemos a un individualismo exagerado que nos aleja cada vez más de nuestros núcleos de contención social y familiar. La soledad se acrecienta con esta actitud alarmante e individualista. Se exacerban las fantasías mortuorias, la sensación del “fin” se transforma en una certeza, la duda comienza a desaparecer y el apocalipsis se convierte en un hecho que no demorará en llegar.

¿Por qué sucede este fenómeno? Por la sobrecarga de información falsa y/o exagerada. No es casual. El miedo se ha instalado como un objeto de consumo, como una manera de control social que atenta contra la solidaridad y la responsabilidad social, a su vez que propicia una creencia “ciega” en quienes se venden como dueños de la verdad, es decir, creemos mucho más en un audio de algún desconocido o un video de algún supuesto médico o en los medios de comunicación masivos que en las verdaderas fuentes especializadas.

Este fenómeno se viene gestando y haciendo más evidente en la última década, la desestimación del saber y la ciencia, la aparición de saberes y tratamientos mágicos que traerían curaciones milagrosas comenzaron a tener más importancia dado que obedecen a los tiempos del consumo, “mientras más rápido mejor así tendremos más tiempo para dedicarlo a lo que realmente nos divierte”.

La sobre valorización del confort junto a la tendencia a evadir la frustración diaria nos encamina cada vez más a buscar referentes que “ostenten” la verdad más rápida, más vendible. De este fenómeno es víctima la población, y se nutren los oportunistas. La ignorancia acrecienta el pánico y multiplica las creencias en antídotos milagrosos (ahí lo tenemos como modelo al pastor Giménez).

Por medio de la manipulación mediática se logra generar cierta inestabilidad sobre el presente y aumentar la incertidumbre sobre el futuro, con lo cual solo estaremos a salvo si seguimos minuto a minuto la información que ellos nos brindan para saber si vamos a salvarnos o no del contagio y la muerte. La verdad es que no podemos anticipar el futuro, pero los mecanismos que generan temor a través de la manipulación social transmiten esta ilusión. Se utiliza el miedo para instalar el caos, ¿para qué?, hay multiplicidad de factores: rating, mayores ingresos económicos de algunos sectores, manipulación de las masas, antinomias políticas, ganancias individuales, etc. Las crisis mundiales son grandes oportunidades para algunos pocos. Se me ocurren dos refranes apropiados que definen este caos: “A río revuelto ganancia de pescadores”, y “El fin justifica los medios”.

De nada sirven las noticias amarillistas sobre la cantidad de muertes en cada país, dado que la cifra es desproporcionada a la misma cifra en porcentajes comparativos. Si tuviéramos las estadísticas de la mortandad de cada enfermedad veríamos que la diabetes y las enfermedades cardiovasculares superan este valor a nivel mundial, y sin embargo no se divulgan para poder continuar con el statu quo.

La opinión pública termina generando una desconexión con la realidad, produce desconfianza, construye enemigos y nos pone en conflicto con nuestro semejante. Se buscan culpables. Aparece el odio, el miedo y la alarma social.

Claramente terminamos buscando las noticias que apoyan estas creencias volviéndonos más ansiosos, paranoicos y más preocupados que antes, generando malestar psíquico y físico. Las consecuencias de este bucle catastrofista y retroalimentado se observa en el comportamiento familiar: angustia de los más pequeños, ansiedad generalizada en los adultos y temor excesivo en la tercera edad. La mente se acelera y los pensamientos inútiles y estériles son masivos y difíciles de detener.

Afrontar esta situación no requiere de esfuerzos heroicos de solidaridad, sino de respetar las decisiones tomadas por las autoridades competentes en la materia. Decisiones que apuntan a minimizar el daño colectivo. Fernando Savater en su libro Ética para Amador, expone una ética pragmática, sin apelar a sentimientos altruistas, principios morales basados en una fe religiosa ni a concepciones filosóficas profundas; nos cuenta de qué manera actuar para que el resultado de nuestros actos reporte un beneficio individual y colectivo.

La situación está instalada, la cuarentena (llámese 15 días) está declarada y hay que cumplirla. Una de las recomendaciones más saludables es no estar pendiente de la información chimentera y de opinión masiva. Alejarnos de ello nos permitirá no estresarnos y disfrutar de alguna manera esa calma hogareña de estar todos juntos o de estar conectados con nuestros seres queridos. Tengamos dos o tres fuentes fidedignas de información como referentes, que sea clara y diaria para que despejen nuestras dudas. Utilicemos la tecnología a fines didácticos, comunicacionales y educativos.

Recomendamos dos links de referencia para obtener información clara y fidedigna:
Organización Mundial de la Salud: https://www.who.int/es
Ministerios de Salud Argentina: https://www.argentina.gob.ar/salud/coronavirus-COVID-19


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