Por Mariano Busilachi
Licenciado en Comunicación Social. Consultor de comunicación política e institucional.

El 18 de mayo de 2019, a las 9 de la mañana, Cristina Fernández de Kirchner publicó un video que sorprendió a propios y extraños. Anunció, con su elocuencia y sus particularidades, que le había ofrecido a Alberto Fernández encabezar la fórmula presidencial que representaría al principal frente opositor a Mauricio Macri, siendo ella la vicepresidenta, para las PASO de ese año. Tras las malas estrategias electorales en 2013, 2015 y 2017, esta última jugada política dio sus frutos. En esa oportunidad, Cristina Fernández afirmaba convencida que “es el mejor aporte que puedo hacerle a mi país”. En su alocución, aclaró que Argentina necesitaba “gestos y hechos concretos que den certeza y seguridad a una unidad que comience a ordenarles la vida a los argentinos”. Sin embargo, poco más de un año después, han aparecido señales de que la unidad no es tan sólida como la proclamó la ex mandataria. Ya desde la decisión de intervenir y expropiar Vicentin, pero sobre todo en los últimos diez días, el fantasma del debate entre el poder aparente y el poder real en la fórmula que integran los Fernández reapareció con fuerza. Cuando los liderazgos entran en discusión, principalmente en un movimiento esencialmente arraigado en la figura de un conductor como sucede en el peronismo, las individualidades comienzan a imponer sus criterios por encima de las convenciones colectivas. ¿Está realmente consolidada la idea de unidad que forjó el Frente de Todos como valor primordial en la construcción de su proyecto político? ¿Se aprendió de los errores del pasado o se reciclaron las viejas prácticas despóticas? ¿Qué peligro presupone el fuego cruzado dentro de las filas del oficialismo para el liderazgo del Alberto Fernández y la fortaleza de su gestión?

El 9 de julio pasado, en el marco del acto oficial por el 204° aniversario la Declaración de la Independencia, el presidente Alberto Fernández realizó una conmemoración basada en la unidad y el esfuerzo colectivo de los dirigentes políticos argentinos, al enfrentar esta pandemia de COVID-19, posicionándose en una postura política dialoguista y conciliadora. Se lo vio hacer hincapié en el trabajo compartido entre el Gobierno Nacional, el jefe Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y los 23 gobernadores del país. Casi como un predicador de medianoche, afirmó que vino a “terminar con los odiadores seriales y para que todos nos unamos”. Hubo dos hechos muy significativos en ese acto protocolar, que marcaron el inicio de todas las polémicas declaraciones que se suscitaron los días posteriores al mismo. En primer lugar, mencionó a Horacio Rodríguez Larreta como un “amigo”, lo cual sorprendió a la opinión pública considerando las serias diferencias que tiene Fernández con el partido político al que pertenece el Jefe de Gobierno Porteño y con su máxima figura, el ex presidente Mauricio Macri. No obstante, lo cual, es destacable la actitud del actual Presidente de preponderar el trabajo conjunto y la cordialidad entre dirigentes de diferentes colores políticas, en el medio de esta angustiante situación sanitaria y económica. En segundo lugar, llamó la atención la presencia en la ceremonia que se realizó en Olivos de empresarios y representantes de sectores económicos y productivos del país, considerados negativamente por una facción importante del Frente de Todos. Estamos hablando de Miguel Acevedo, presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), acompañado por Carolina Castro; Héctor Daer, secretario general de la CGT; Adelmo Gabbi, titular de Bolsa de Comercio; Eduardo Eurnekian, conocido empresario y representante de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios; Javier Bolsico, de la Asociación de Bancos Argentinos; Néstor Szczech de la Cámara Argentina de la Construcción; Daniel Pelegrina de la Sociedad Rural Argentina. En su mayoría, entidades que han tenido una relación tensa – y en algunos momentos pésima – con la gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Su presencia fue lógica si remitimos a las palabras del Presidente, al expresar que la Argentina del futuro «no se construye en el despacho del presidente sino con todos los que están acá”, argumentando que “el odio y la división nos dejó en el lugar donde nos quedamos”.

Aunque parezca increíble, los mencionados gestos políticos no cayeron bien dentro de la coalición de gobierno. Insólitamente, la primera persona que provocó señales de “grieta” en el Frente de Todos fue la propia Cristina Fernández de Kirchner. A modo introductorio, hay que destacar que es muy llamativo que la Vicepresidente no haya participado de ningún acto oficial en el rol que ocupa, aunque sea de manera virtual. Sí lo ha hecho en su función de Presidente de la Cámara de Senadores de la Nación, con una participación activa. No es un dato menor que, atravesando una pandemia histórica e inédita en la historia moderna, Cristina Fernández no acompañe a Fernández públicamente. Es, al menos, curioso. Pero lo que más ha encendido las alarmas respecto al binomio Fernández-Fernández es una recomendación que realizó Cristina Kirchner en Twitter sobre la lectura de una columna publicada el 12 de julio en el diario Página 12, titulada «La conducción política del poder económico» y cuyo autor es el periodista Alfredo Zaiat. La catalogó como «el mejor análisis que he leído en mucho tiempo. Sin subjetividades, sin anécdotas. En tiempos de pandemia, de lectura imprescindible para entender y no equivocarse». Lo polémico, es que Zaiat hace una crítica aguda al presidente Alberto Fernández respecto a sus invitados del acto del 9 de Julio y la postura de incluirlos en la Argentina de la post pandemia. Plantea literalmente que “la política económica de la recuperación no puede quedar depositado en ganar la confianza de los empresarios del G-6”, haciendo alusión específica a Techint y Clarín. Los describe como «un poder económico conservador, ideologizado al extremo y contaminado de los lugares comunes de la ortodoxia económica». Y agrega: «Alberto Fernández propone la reconstrucción de la economía a partir de un capitalismo con otras bases. Para esa tarea está convocando a un sujeto económico que hoy es otro; no es el que imagina para construir otro capitalismo dentro de un modelo de desarrollo nacional». Si bien no lo equipara con esos empresarios, Zaiat posiciona a Fernández como un líder ingenuo y hasta errático en su mirada del país, lo cual hace más llamativo el tweet de la vicepresidenta convalidando esta interpretación. ¿Fue genuina la recomendación de Cristina Fernández de un artículo que deja algún tipo de duda sobre la capacidad política de Alberto Fernández? ¿Fue solo una interpretación equívoca o hubo algún tipo de mensaje? Este fue solo el primer capítulo de la historia.

Cinco días después, apareció en escena Hebe de Bonafini, quizás motivada por la irrupción sutil de Cristina Fernández respecto a la convocatoria del Presidente. Con su firma y en representación de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, de Bonafini publicó en redes sociales una carta abierta dirigida expresamente a Alberto Fernández, en la cual expresó “mucho dolor porque nos sentimos agraviadas y heridas en lo más profundo de nuestro corazón al ver que Ud. sentó en su mesa a todos los que explotan a nuestros trabajadores y trabajadoras y a los que saquearon el país. Y lo más grave de todo: a los que secuestraron a muchos de nuestros hijos e hijas que luchaban por una patria liberada». No asombra el tono de la misiva, ya que es propio de la verborragia y el cuestionable proceder de la señora de Bonafini. Lo que es indudablemente sorpresivo es que se dirija así a un dirigente con el que siempre han tenido una notable simpatía ideológica. Hacer una crítica a los organismos de Derechos Humanos en Argentina y en especial a las Madres de Plaza de Mayo siempre es motivo de discordia, ya que se contraponen el pasado y el presente de manera feroz. Nadie cuestionará la incasable tarea que las Madres han propiciado por encontrar a sus hijos y su ejemplaridad de acción ante las atrocidades de la última dictadura militar. Pero, en el presente, diferentes declaraciones públicas de Hebe de Bonafini y la tristemente célebre causa de “Sueños compartidos” han impactado en la imagen pública del organismo, esencialmente en la que refiere a su presidente. Cabe mencionar, las Madres de Plaza de Mayo se constituyeron como asociación el 22 de agosto de 1979 en La Plata. A través de una votación interna, resultó presidente electa Hebe Pastor de Bonafini. La conducción verticalista y el accionar agresivo de su gestión al frente de la asociación (incluso se enemistó con las Abuelas de Plaza de Mayo) desencadenó en un cisma, producido en 1986. Antokoletz y Cortiñas, quienes habían sido electas siete años antes como vicepresidenta y protesorera, se separaron de la conducción de Hebe y fundaron Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Argumentaron razones políticas y autoritarias, aclarando que no existía democracia interna en la entidad. Al día de hoy, ambos organismos conviven, no sin sus claras diferencias de acción y de recursos, teniendo su correlato en la repercusión de la carta de Hebe de Bonafini al Presidente Fernández. “Taty” Almeida, integrante reconocida de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, calificó el escrito como «injusta y lamentable», agregando que fue “una falta de respeto y de una ignorancia total». Quien se sumó a las críticas fue otra referente de Derechos Humanos, disidente a la titular de Madres de Plaza de Mayo, nada más y nada menos que Estela de Carlotto, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo. En una entrevista radial en el medio militante El Destape, objetó que “no podemos hacer una carta al voleo y después querer borrarlo con el codo”. Y coincidió con Almeida en que “no hay que poner piedras en el camino”. De Bonafini, redobló la apuesta. Destacó la respuesta afectiva y respetuosa del presidente, aunque continuó en su postura de no aceptar el dialogo propuesto por Fernández con los empresarios.

Por si algo faltaba y para no ser menos en esta historia, apareció Julio De Vido y Juan Grabois lo subió al ring de Twitter. «Saludo y coincido absolutamente con la nota de las Madres de Plaza de Mayo. No se puede tapar lo evidente en nombre de la relación de fuerzas», compartió el ex Ministro de Planificación Federal de la gestión de Cristina Fernández. Es realmente incomprensible que una persona como De Vido, vinculado a causas escandalosas de corrupción en nuestro país, tenga el cinismo de seguir actuando como si nada de eso hubiese pasado. Recordemos que Julio De Vido fue condenado en primera instancia a 5 años y 8 meses de prisión e inhabilitado de por vida para ejercer cargos públicos por el Tribunal Oral Federal 4, en el juicio por la Tragedia de Once. El delito evidenciado fue por administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública. Grabois se lo recordó, respondiendo al tweet del ex ministro: «No sé cómo te da la cara. Con varios de esa foto te juntabas a hacer negocios. Por tipos como vos, Macri llegó a Presidente». De Vido no se quedó callado y lo cruzó: «no sé cómo te da la cara a vos, contá los negocios que hacías con la Stanley para cagar a la gente. A mi Macri me metió preso y a vos te garpaba cagador». A lo que el líder de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) alegó: «Mentís. A mi Macri me metió preso por defender vendedores ambulantes. Vos le viniste como anillo al dedo a los gorilas con tu mugre para justificar sus tropelías. En vez de delirar con heroísmos imaginarios y llorar de víctima, deberías pedir perdón a la sociedad». Esta competencia por sacar los muertos del placard de uno y otro estuvo en sintonía con las grietas que se presentaron los últimos días dentro del universo político del Frente de Todos.

No fue solo el acto del 9 de julio un indicador de los pequeños terremotos que hay dentro del Frente de Todos. Venezuela y Vicentín son dos temas sensibles que generaron suspicacias entre los dialoguistas, encolumnados en la figura del Presidente, y los ortodoxos, vinculados a la vicepresidenta. El 12 de julio, la ex jefa de Estado tuvo otra arremetida sutil contra el campo, en concordancia con la expropiación de Vicentín, un proyecto que surgió de Anabel Fernández Sagasti, Senadora Nacional y persona de confianza de Cristina Fernández. Los ataques a los silobolsas y las cosechas han generado gran preocupación en el gobierno y principalmente en la cartera de Seguridad, comandada por Sabrina Frederic. Incluso, el Presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, presentó un proyecto de ley para combatir y castigar el vandalismo rural. Esta situación, a Cristina Kirchner no parece importarle demasiado. También en twitter, su terreno predilecto de acción pública, compartió un chiste bastante desacertado sobre los ataques a los silobolsas, en el cual el usuario @Saul4914 publicó una foto de un animal con los ojos tapados como si fuese un testigo protegido, acompañada del texto «La primera mulita arrepentida se confiesa: ‘Cristina me dijo que rompiera los silobolsas o me hacía escabeche'». Cristina ponderó esta polémica ocurrencia asegurando que «Me encanta el humor, y cuando es inteligente… más». Aunque tiene el derecho de disfrutar del humor inteligente como cualquier ciudadano común, su rol de Vicepresidente y su pertenencia a un espacio político que está tratando de combatir estos delitos hacen que este tipo de apariciones públicas de la ex mandataria sean incomprensibles. Posiblemente, tengan que ver con su fuerte personalidad. Incluso, poniéndolo en términos genuinos, por compartir un chiste sobre las causas que pesan sobre ella pone en riesgo la credibilidad de unidad que tanto intentan mostrar desde el propio Frente de Todos. ¿En dónde quedó aquella alusión a dejar de lado las ambiciones y vanidades políticas al presentar la fórmula presidencial en 2019? ¿Por qué Cristina hace estas intervenciones públicas que le juegan en contra al gobierno? El Presidente Fernández ya ha mostrado un distanciamiento respecto al tema Vicentín y su expropiación, al ver el efecto contrario que ha generado en la población este anuncio. Destacó que no ha tenido una propuesta alternativa al día de hoy, pero, asimismo, dejó en claro que ya no ve con tan buenos ojos el proyecto de Fernández Sagasti.

Venezuela es otro punto crítico en el índice temático de la discusión interna del Frente de Todos. El miércoles 15 de julio, el embajador argentino ante los organismos internacionales en Ginebra, Federico Villegas, fue categórico al afirmar que «ante la grave crisis política, económica y humanitaria que padece Venezuela, nos hacemos eco del informe de la Alta Comisionada (Michelle Bachelet) para buscar una negociación política inclusiva basada en los derechos humanos y en la restitución de los derechos políticos», pidiendo en nombre del gobierno argentino «elecciones inclusivas, transparentes y creíbles». Posteriormente, en el programa radial de Víctor Hugo Morales y Cinthia García, el Presidente aclaró que mantiene su postura respecto a la no intervención en Venezuela, resolviendo la crisis actual de manera pacífica. Sin embargo, el periodista uruguayo desafió a Fernández indicando su disgusto por la posición argentina mostrada en la reunión del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Lo de Morales fue efectivamente un comentario ideológico, ya que mencionó la “alegría del PRO” y de Estados Unidos por el informe de Bachelet. Pero, en cierta medida, fue desafiante al involucrar implícitamente al gobierno de Fernández en la postura del Grupo de Lima que condena al régimen de Maduro. Cristina Fernández de Kirchner ha sido una aliada férrea de Nicolás Maduro y su revolución bolivariana. Volviendo a mencionar a Sergio Massa, figura importante e integrante del sector más moderado del Frente de Todos, ya había aclarado en la señal de noticias A24 que «sin dudas en Venezuela hay una dictadura». ¿Es posible la convivencia de dos posturas diametralmente opuestas sobre Venezuela dentro del Frente de Todos?

Muchas veces, las grandes coaliciones involucran insoslayables discrepancias que, a la corta o a la larga, salen a la luz. Si estas uniones no están orientadas a objetivos colectivos claros y proyectos políticos concebidos desde el trabajo mancomunado, terminan en experiencias traumáticas como lo fue la Alianza, la cual se erigió para acabar con el poder de Carlos Menem, generado una alternativa cortoplacista y endeble que derivó en la crisis del 2001. El Frente de Todos debería aprender de este hecho histórico y preguntarse si realmente sentó las bases de una coalición con un proyecto en común o con el objetivo principal de acabar con Mauricio Macri. También, debería reflexionar si aprendió de los errores de sus 12 años anteriores de gestión. Sería inocente creer que los graves problemas económicos que afronta Argentina son responsabilidad exclusiva de los cuatro años del gobierno de Cambiemos.

Cuando Cristina Fernández anunció la fórmula con Alberto Fernández, aseveró que ”gobernar no es sólo firmar decretos o dar discursos”, justamente una de las críticas más visibles que actualmente se le hacen al manejo de la pandemia por parte del gobierno nacional. Pero, lo que queda resonando de ese anuncio, es que Cristina aclaró que “no se trata de volver al pasado ni de repetir lo que hicimos del 2003 al 2015” y le pide a sus “compañeros y compañeras” que estrechen filas “acompañando esta fórmula militando y trabajando con alegría y esperanza, porque el triunfo depende de nosotros mismos y de lo que cada uno de nosotros vaya aportando”. Las palabras no siempre condicen con los hechos y este pedido de unidad de la vicepresidenta contrasta, más de lo que debería, con las fuertes aspiraciones individuales de los que integran los principales estamentos del Frente de Todos.

El Presidente deberá decidir si su liderazgo continuará permitiendo manifestaciones internas combativas o elegirá el camino de la concordancia de ideas, que aspiren al bien común y a una salida efectiva de esta crisis que nos golpea a todos. Si la unión hace la fuerza, que la fuerza política gobernante asegure que las vanidades y ambiciones individuales de sus dirigentes no presentan ningún peligro para la unidad de gobierno. Todavía el Presidente está a tiempo. La historia nos ha aleccionado: cuando las internas en el Poder Ejecutivo son insalvables, los que en verdad pagan los platos rotos somos todos los argentinos.

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