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Por: Andrea Cecchi – Lic. y Prof. en Psicología – Lic.andrea.cecchi@gmail.com

Eduardo Galeano:

Habitamos un mundo gobernado por el miedo, el miedo manda, el poder come miedo, ¿qué sería del poder sin el miedo? Sin el miedo que el propio poder genera para perpetuarse.

El hambre desayuna miedo.
El miedo al silencio que aturde las calles.
El miedo amenaza.
Si usted ama tendrá sida.
Si fuma tendrá cáncer.
Si respira tendrá contaminación.
Si bebe tendrá accidentes.
Si come tendrá colesterol.
Si habla tendrá desempleo.
Si camina tendrá violencia.
Si piensa tendrá angustia.
Si duda tendrá locura.
Si siente tendrá soledad.

 Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados. La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas. Las armas tienen miedo a la falta de guerra. Es el tiempo del miedo. Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. Miedo a los ladrones y miedo a la policía. Miedo a la puerta sin cerradura. Al tiempo sin relojes. Al niño sin televisión. Miedo a la noche sin pastillas para dormir y a la mañana sin pastillas para despertar. Miedo a la soledad y miedo a la multitud. Miedo a lo que fue. Miedo a lo que será. Miedo de morir. Miedo de vivir.

Recogí este poema del fantástico escritor Eduardo Galeano para poder pensar los miedos, y que nos sucede si no los experimentamos.

Para empezar describimos al miedo como un sentimiento que nos alerta, como una señal de alarma que indica que estamos frente a una situación o cosa peligrosa, de esta forma el miedo nos prepara para la huida o el ataque frente a una amenaza que se presenta real. Con lo cual podemos entender que el miedo es a-histórico y nos constituye incluso desde antes de nacer.

Defendernos de las cosas reales está vinculado con la supervivencia, protegernos del ataque que supone un posible exterminio. Pero los seres humanos perdemos nuestros instintos al ingresar en la cultura y ser atravesados por el lenguaje, entonces aparece en su lugar, según el psicoanalista Sigmund Freud, las pulsiones, y las más originarias son las de auto conservación. A modo de síntesis los instintos son respuestas biológicas y las pulsiones son respuestas psíquicas, son una fuente de excitación interna que nos da impulso pero que a la vez, también debemos mantener en un nivel tolerable.

Los seres humanos somos los animales más vulnerables biológicamente al nacer, por el largo período de indefensión y de dependencia hacia los adultos protectores, además no poseemos ninguna característica de fortaleza física, no volamos, no somos veloces, no podemos enfrentar los cambios climáticos, por eso desarrollamos el cerebro y la inteligencia para crear artefactos que nos protejan, como armas, escudos, viviendas, fuego, vestimenta.

Cuando el miedo tiene un objeto claro como los bichos, el encierro, la violencia, la altura, y se  vuelve exacerbado se constituye la fobia y lo tomamos como síntoma analítico, pero ¿qué pasa cuando no existe ese real, cuando no hay un lobo feroz que nos ataque, o cuando no falta comida en la alacena, o no vivimos en guerra?.

Con los años, una parte de la vulnerabilidad biológica se traduce en una vulnerabilidad psíquica, esto significa que el miedo además de alertarnos del peligro externo, también lo hace hacia el peligro  interno, ahora nos protegemos de nuestras propias pulsiones, aquellas que se exacerban por nuestra imaginación. Tenemos cada uno de nosotros formas únicas e individuales de experimentar la vida y percibir el mundo, construida mediante experiencias, por herencias culturales, por la forma de educación, a través del espejo de nuestras fantasías. A esta altura, que el objeto sea real o imaginario, es indiferente, ahora solo importa lo que creemos que podría pasar, la suposición de amenaza para la vida ya constituye un miedo aunque sea aparentemente irracional. Es la pulsión que se le presentifica al sujeto, del cual quiere huir pero ¡difícilmente pueda salirse de sí mismo!. Veamos ejemplos, “¿y si me despiden del trabajo?”, “¿y si a mi hijo le pasa lago a la noche?”, “¿mirá si tenes un accidente en la ruta?”, las hipótesis de peligro actúan a nivel inconsciente como verdaderas, existan o no, y si vamos a las posibilidades siempre vamos a tener razón de padecer miedos. Pero, ¿es esta una forma de vida?.

Las diferentes estrategias de afrontamiento que cada uno tiene para tolerar el dolor psíquico no son sin consecuencias. Los dolores nos dejan marcas y el miedo aparece como alarma anticipatoria cuando sentimos que aquello doloroso puede repetirse. A nadie le gusta sufrir, aunque el sufrimiento sea inherente al ser humano. Pero aquel que abusa del sentimiento de miedo poniéndolo como excusa para no vivir la vida se pierde de las bondades que también tiene el hecho de estar vivos.

Todo lo que nos recuerde consciente o inconscientemente situaciones traumáticas nos va a provocar huida, alejarnos de aquello que nos recuerda algo doloroso.

Tenemos resistencias que sirven como rocas duras para no afrontar lo nuevo, resistencia al cambio, a dejar de “ser miedoso”. Cuando una persona se anticipa a decir “yo soy así” el costo es quedarse estancado, parasitando siempre en el mismo lugar creyendo que está seguro de lo inevitable, expuesto a que la vida continúe haciendo su trabajo, con o sin su voluntad. Ser parasitario nos aleja de la realidad y fomenta la imaginación. Encontrar mediante el análisis el origen de la indefensión y de lo que verdaderamente nos cuidamos es el primer paso para comenzar a ser activos.

Tener miedo no es el problema, es la alarma que nos indica que nuestra percepción alerta sobre algo malo, no importa de que índole sea, y es allí donde hay que ir a buscar. Esta es la única ruta que lleva a la maduración y al crecimiento. Muchas veces percibimos de manera exagerada y nos asustamos más de la cuenta.


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