7 millones de niños, niñas y adolescentes residen en hogares pobres

Representan el 63%, según datos oficiales del INDEC publicados el último trimestre de 2020. La vulnerabilidad social se manifiesta especialmente en el Norte argentino.

Son en total 7 millones de chicos menores de 14 años que viven sumergidos, con al menos uno de sus derechos fundamentales vulnerados, en términos de: acceso a la alimentación, la salud, la educación y la vivienda digna, entre otros.

En ese contexto, según informes socioambientales de la Asociación Civil Haciendo Camino:

-40% de los niños y niñas sufren desnutrición,

-54% vive en condiciones de hacinamiento,

-43% de los hogares no consume agua potable,

-67% de los hogares presenta materiales precarios en su vivienda,

-32% de los hogares no tienen sistema de conservación de alimentos,

-62% de las familias no tienen controles médicos al día, y

-29% sufre inseguridad alimentaria.

“Detrás de estas cifras hay realidades que no se muestran, que no se viralizan y que tenemos que cambiarlas«, sostiene la presidenta y fundadora de la entidad, Catalina Hornos, quien señala que «Santiago del Estero y Chaco son las provincias con mayor pobreza infantil del país» y que «el sistema de salud presenta serias deficiencias», lo que hace que se multipliquen los problemas para acceder a atención médica básica.

En tal sentido, apunta que «en ambas provincias hay necesidades urgentes que lamentablemente no son prioridad, y es así como las familias a las que acompañamos siguen viviendo en una situación de pobreza estructural de la cual es muy difícil salir».

Factores de riesgo

Explica que cada integrante de Haciendo Camino recibe un acompañamiento personalizado a partir del cual se identifican factores de riesgo familiar y del niño, así como fortalezas y recursos de la familia que puedan ser movilizados para lograr sus objetivos.

«El abordaje integral de sus programas orienta la planificación de las intervenciones para cocrear soluciones efectivas que respondan a las problemáticas de base de las familias en situación de vulnerabilidad social», completa.

La crisis económica en Argentina hace que necesiten ser recibidos cada vez más niños desnutridos en los 12 centros abiertos en: Añatuya, Colonia Dora, Herrera, Los Juríes, Monte Quemado, Pampa de los Guanacos, Taco Pozo, Santa Rosa, Santiago del Estero (Capital), Sumampa, Suncho Corral y La Banda, donde se brinda atención a un promedio de 1000 niños y niñas hasta 5 años, que semanalmente acuden con sus madres.

Hornos advierte que «los fondos con los que contábamos ya no son suficientes para cubrir sus tratamientos de recuperación».

Agrega: «Necesitamos padrinos que puedan comprometerse mensualmente y nos ayuden a cambiar su realidad», que les aseguren a los niños desnutridos y en riesgo social de las provincias de Santiago del Estero y Chaco el tratamiento nutricional que necesitan.

Bajo el lema “Esta Argentina no se viraliza”, la campaña busca sumar más de 2000 madrinas y padrinos durante julio y agosto de 2021, pregonando al idea de hacer visible esta realidad en las redes sociales. (NA)

El Gobierno pide información para avanzar en aplicación pediátrica de vacunas contra el coronavirus

El objetivo es que la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) pueda efectuar el análisis de la información del estudio que se realizó con niñas y niños de 3 a 17 años de la vacuna de Sinopharm, que es una de las que se está aplicando en Argentina en población adulta y de la que se espera que ingresen en los próximos meses 24 millones de dosis.

El Gobierno argentino solicitó a la empresa Sinopharm la información que llevó a autorizar la aplicación pediátrica de su vacuna contra el coronavirus en China con el fin de ser evaluada por las autoridades nacionales, al igual que hará con la de Pfizer, que ya fue aprobada para adolescentes en Estados Unidos y Europa, confirmaron fuentes oficiales.

El objetivo es que la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) pueda efectuar el análisis de la información del estudio que se realizó con niñas y niños de 3 a 17 años de la vacuna de Sinopharm, que es una de las que se está aplicando en Argentina en población adulta y de la que se espera que ingresen en los próximos meses 24 millones de dosis.

La solicitud de esta información se da en el marco de una estrategia del Ministerio de Salud para avanzar con la vacunación de niñas, niños y adolescentes, en particular de aquellos con comorbilidades.

Es en este contexto también se dictó el decreto de necesidad y urgencia (DNU) 431/2021 que permitirá avanzar en la contratación de las vacunas para uso pediátrico con los laboratorios estadounidenses, según explicó esta mañana en la Comisión Bicameral de Trámite Legislativo la secretaria Legal y Técnica de la Presidencia, Vilma Ibarra.

Por su parte, la ministra de Salud, Carla Vizzotti, enmarcó la decisión de avanzar con este decreto en el contexto de «una situación inédita y dinámica» como la que impone la pandemia de coronavirus, y puso el acento en lo que respecta a «ensayos clínicos en los menores de 18 años y en particular niños, niñas y adolescentes con comorbilidades».

El 11 de junio de este año, China aprobó el uso de emergencia de las vacunas contra Covid-19 de Sinopharm y de Sinovac Biotech (ambas que utilizan la plataforma de virus inactivado) en personas de 3 a 17 años.

«Después de su uso autorizado para adultos, las vacunas Sinopharm y Sinovac, ambas desarrolladas por instituciones farmacéuticas de China, han demostrado ser seguras para el grupo de edad de 3 a 17 años después de ensayos clínicos y revisiones de expertos, y ahora están autorizadas para uso de emergencia por el grupo de edad por autoridades relacionadas», dijo el experto del Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades, Shao Yiming, en la conferencia de prensa ese día.

La vacunación de la población pediátrica se está evaluando en todo el mundo y se están realizando ensayos clínicos de diversos inmunizantes.

Al día de hoy, sólo la vacuna de Pfizer se encuentra autorizada para adolescentes (entre 12 y 17 años) tanto por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos -que amplió la autorización de uso de emergencia después que lo aprobara su ente regulador (el FDA)- como por la Unión Europea (UE).

La autorización de la UE se basó en los resultados de un ensayo clínico de fase 3, en el que se inscribieron 2.260 participantes, que fue publicado en The New England Journal of Medicine (https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMoa2107456) y que arrojó una eficacia del 100%, respuestas sólidas de anticuerpos y que fue bien tolerada.

Actualmente Pfizer lleva adelante un estudio pediátrico que evalúa la seguridad y eficacia de su vacuna en niños de seis meses a once años.

También la vacuna de la farmacéutica estadounidense Moderna lleva adelante un ensayo clínico 2/3 de su vacuna de ARN mensajero en niños de la misma edad.

Por su parte, Janssen está realizando un estudio de su vacuna en adolescentes (entre 12 y 17 años).

Ayer, la vicealcaldesa de Moscú (Rusia), Anastasia Rakova, informó en una rueda de prensa que «comenzaron los ensayos clínicos de la vacuna contra el coronavirus Sputnik V que involucran a adolescentes».

«Hemos comenzado los ensayos clínicos de la vacuna Sputnik V en adolescentes de 12 a 17 años en colaboración con el Centro Gamaleya. La primera y la segunda fase de los estudios se están llevando a cabo en dos hospitales infantiles líderes, el Hospital Infantil Morozov y el Hospital Infantil Bashlyayeva», detalló Rakova.

Desde el inicio de la campaña de vacunación, la Argentina recibió 27.615.730 dosis de vacunas contra el coronavirus, de las cuales 11.265.830 corresponden a Sputnik V, (9.375.670 del componente 1 y 1.890.160 del componente 2); 6.768.000 a Sinopharm; 580.000 a AstraZeneca-Covishield, 1.944.000 a AstraZeneca por el mecanismo COVAX de la OMS, y 7.057.900 a las de AstraZeneca y Oxford cuyo principio activo se produjo en la Argentina. (Telam)

Aumentaron los trastornos funcionales en los niños y adolescentes en el marco de la pandemia

Los trastornos funcionales son aquellas dolencias que no tienen un origen orgánico específico, y que mayoritariamente responden a situaciones de estrés que encuentran su forma de expresión en diversos tipos de dolores (de espalda, de tórax, gastrointestinales o cefaleas, entre otros). Desde la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) manifestaron que a causa de la pandemia han aumentado notoriamente este tipo de trastornos en los niños y los adolescentes.

La Sociedad Argentina de Pediatría alertó sobre un aumento de los trastornos funcionales en los niños, niñas y adolescentes a causa del aislamiento motivado por la pandemia. Dolor abdominal recurrente, cefaleas, dolor en miembros inferiores, en la zona del tórax, son algunas de las manifestaciones que, sin tener un origen orgánico específico, aparecen y desaparecen como respuesta del organismo ante situaciones crónicas de estrés.

“Cuando las situaciones de estrés no pueden ser verbalizadas suelen expresarse con síntomas como dolor, sin una lesión orgánica demostrable. A esto se le llama ‘síntomas funcionales’. Cuando son intensos y afectan la actividad diaria (como comer, dormir, jugar o aprender) se convierten en trastornos y suelen motivar la consulta médica. Algunas familias presentan una mayor tendencia a tener síntomas funcionales”, explicó el Dr. Juan Pablo Mouesca, médico pediatra, psiquiatra infanto-juvenil, miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).

“En los niños, niñas y adolescentes, se observan las llamadas quejas somáticas o síntomas funcionales, que es la forma en que el cuerpo expresa lo que se siente. Los chicos tienen inmadurez de su aparato psíquico, están en etapa de continuo desarrollo y viven cotidianamente exigencias, retos y necesidades. Ante situaciones de stress utilizan sus recursos para afrontarlas, siempre apoyados en el sostén de sus figuras de apego y es importante la contención de los padres y pediatras y que estén atentos y puedan observar esas manifestaciones y ofrecer apoyo para resolverlas”, sostuvo la Dra. Ángela Nakab, médica especialista en Pediatría y Adolescencia, miembro de la SAP.

La Guía ‘Impacto emocional en pandemia – Guía de recursos para la contención emocional de chicas y chicos de 6 a 12 años’, elaborada por la Secretaria de Niñez Adolescencia y Familia del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación , afirma que tanto el ‘Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio’ (ASPO) como el ‘Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio’ (DISPO), constituyen ‘una situación profundamente compleja, que afecta nuestra salud, nuestro trabajo, nuestros vínculos, nuestras rutinas y cuidados –entre muchas otras variables– y tienen un fuerte impacto en los estados emocionales de niños, niñas, adolescentes y personas adultas’.

Entre los cambios profundos en nuestra vida cotidiana, señala la pérdida de las rutinas habituales, la escolaridad desde el hogar, la restricción de los encuentros presenciales, personas adultas sobrecargadas de tareas o preocupaciones, la intensidad de la virtualidad y el encuentro cercano con los contagios por Covid-19, y les adjudica un rol protagónico en el impacto del estado emocional que sufren los niños.

“La incertidumbre, los problemas económicos, el desempleo, la enfermedad por Covid-19, el duelo por fallecidos, la falta de contacto físico con familiares y amigos y el trabajo dentro de la casa son factores que afectan a todo el grupo familiar”, sostuvo la Dra. Marta Chorny, médica pediatra, miembro del Comité de Medicina Ambulatoria de la SAP.

“Paralelamente, los cuidadores presentan menos capacidad de contención para los niños, y estos tienen menos lugares donde ser contenidos: las escuelas, los centros de primera infancia, clubes y lugares religiosos no se encuentran disponibles para el encuentro o lo hacen de manera reducida”, agregó el Dr. Mouesca.

Pero, por otra parte, la propia pandemia limita los recursos para la atención de estos cuadros: los centros de atención de la salud y los hospitales se acondicionaron y ponen el foco en la atención de los contagios por Covid-19 en detrimento de la atención general; los centros de atención de salud mental no atienden en forma presencial o lo hacen de manera espaciada y, a la vez, son pocos los lugares de atención psicológica.

Incluso, los programas de intervención en terreno -o sea los que concurren a los domicilios- y los organismos de protección de los derechos de los niños, niñas y adolescentes (NNyA) como las defensorías zonales o los servicios locales de protección de derechos, en contados casos mantienen una atención presencial. En conclusión: hay más factores estresantes, pero menos lugares adonde esa demanda pueda ser escuchada y atendida adecuadamente.

Los conflictos intrafamiliares y de la familia ampliada, dificultades en el aprendizaje y conflictos en las relaciones con sus pares están implicados y son los desencadenantes de los trastornos funcionales. En otros, se detecta maltrato infantil, violencia de género de la cual los niños son testigos y abuso sexual. Estas situaciones aumentaron en la pandemia y las quejas somáticas son una forma de presentación frecuente. El riesgo de no abordar cuáles pueden ser las causas que llevan a estos trastornos profundizará los malestares y padecimientos, alterando la calidad de vida, los vínculos, la escolaridad y las relaciones del niño con su familia.

Para la Dra. Rut Vanesa Mariñas, médica pediatra del Comité de Estudio Permanente del Adolescente (CEPA) de la SAP, “es necesario que estas afecciones sean tratadas. Los adolescentes que padecen dolores inespecíficos crónicos como cefaleas frecuentes, dolores en todo el cuerpo, gastrointestinales, en las articulaciones, entre otros, asociados o no a algún trastorno psicológico (como depresión, ansiedad, angustia, hipocondría) deben consultar al médico de adolescentes y ser abordados por un equipo interdisciplinario, el que tomará en cuenta la salud integral del paciente en sus aspectos biológicos, psicológicos y sociales; solo así se puede dar respuesta a este tipo de patologías”.

“Los trastornos funcionales en la infancia y adolescencia se manifiestan como una queja presentada por los pacientes para la que no se encuentra explicación orgánica y donde no hay un daño físico evidente. La presentación varía con las edades, en la primera infancia es más frecuente el dolor abdominal recurrente, algo más tarde la cefalea y en la adolescencia se agregan el insomnio y la fatiga. Son todos síntomas que vemos con mucha frecuencia en la práctica clínica diaria”, expresó la Dra. Raquel Sanguinetti, pediatra del Comité de Medicina Ambulatoria de la SAP.

Para realizar un diagnóstico de trastorno funcional se requiere de una adecuada evaluación de la historia clínica ampliada del niño, un buen examen físico, recabar datos semiológicos y búsqueda de signos de alarma. Esto orientará al pediatra en el diagnóstico de una enfermedad orgánica o un trastorno funcional o de ambas condiciones.

En lo que todos los especialistas consultados coinciden es en que, más allá de que en la mayoría de las ocasiones se desconoce la causa que origina el trastorno funcional, lo cierto es que los chicos sufren y ven alterado el desarrollo de sus rutinas diarias.

El dolor no es inventado, lo sienten. Y los dolores se presentan en un amplio espectro: desde leves, universales y transitorios, hasta graves, raros e incapacitantes. Sin embargo, aconsejan a los padres no caer en el error de atribuir cualquier tipo de dolor a estos trastornos, sino consultar al pediatra, quien determinará si es algo puramente funcional o si requiere la realización de estudios para descartar otras condiciones médicas.

Desde la Sociedad Argentina de Pediatría recomiendan a los padres y allegados, fundamentalmente, acompañar y sostener al niño, además de la visita al pediatra de confianza: dar lugar a la escucha, hablar sobre las emociones, limitar el uso de pantallas, promover el juego, las actividades físicas deportivas y recreativas. Estimular los espacios de diálogo y el tiempo compartido con el grupo familiar. Reforzar la autoestima, tener cuidado con las críticas de desvalorización y con las conductas rígidas en la crianza y evitar la sobreprotección que lleva a la dependencia, promoviendo, la autonomía progresiva del niño, niña o adolescente.

Vuelta al cole: ¿qué deben saber padres, docentes y compañeros para ayudar a un niño con diabetes?

La Federación Argentina de Diabetes quiere acompañar el proceso de la llegada de un niño con diabetes a la escuela haciendo un llamado de atención a los actores de la comunidad escolar: docentes, familias, directivos y personal no docente, para involucrarse en mejorar los entornos escolares, capacitándose para poder atender las necesidades de estudiantes de este tipo.

La vuelta a clases suele generar entusiasmo y expectativas en los chicos y en sus padres. No obstante, desde la Federación Argentina de Diabetes quieren concientizar sobre que, en ocasiones, la comunidad escolar, los papás y los niños deben prepararse para lo que implica que en el aula haya un nene con una enfermedad crónica como la diabetes. Será necesario contar con la información necesaria, que haya buena comunicación entre los involucrados y tomar determinadas medidas para prevenir que el niño tenga hipoglucemias, que son bajas bruscas de los niveles de azúcar en sangre, que pueden generar desmayos, pero que son sumamente evitables.

Tal como subrayó Judit Laufer, presidente de la Federación Argentina de Diabetes (FAD), los chicos pasan muchas horas en el colegio y “que haya un alumno con alguna patología en el aula implica tener que brindarle algún tipo de atención especial y esto va de la mano de la información; es un rompecabezas que se construye entre el médico tratante, la familia y la escuela”.

Andrea Romo es docente, madre de un paciente con diabetes e integrante de FAD. Para ella, la clave es que la familia esté segura en el manejo de la enfermedad, porque así va a poder transmitirle esa seguridad al docente. “Las asociaciones de pacientes en este sentido son fundamentales, porque el apoyo que brindan puede ayudar mucho y tranquiliza”, sostuvo.

Según explicó la Dra. Lidia Caracotche, médica diabetóloga, miembro del Comité Científico de la FAD y especialista en Nutrición Infantil de la Sociedad Argentina de Pediatría, aunque no hay datos cuantificados en el país, el estudio multicéntrico SEARCH señala que cada mil niños menores de 10 años, 0.78 tiene diabetes tipo I y en jóvenes de entre 10 y 19 años, hay 2.8 cada mil”.

Proyectando cifras del INDEC a partir de estos resultados, habría en nuestro país cerca de 23 mil niños y jóvenes con diabetes, por lo que es esperable que cada docente alguna vez tenga en el aula al menos un alumno con la enfermedad. No obstante, muchos no cuentan con experiencia en su manejo, lo que muy probablemente genere incertidumbre y el temor principal es no saber cómo responder ante alguna situación crítica. Por lo general, son los padres quienes proactivamente acercan información a la escuela para que su hijo esté contenido, pero muchas veces los docentes investigan por su cuenta para sentirse más seguros.

La diabetes se presenta cuando el páncreas no puede producir insulina o cuando el organismo no la utiliza correctamente. La insulina es una hormona que permite que la glucosa en sangre pase a las células del cuerpo en forma de energía. Si no funciona correctamente, la glucosa se acumula en la sangre y con el tiempo puede ocasionar daños en vasos sanguíneos, órganos y tejidos.

Las formas más comunes son la diabetes tipo 1 y la tipo 2. La primera aparece con mayor frecuencia en etapas tempranas de la vida, representa alrededor de 1 de cada 10 casos  y no se puede prevenir. Aquí el organismo no produce insulina, por lo que esta hormona debe ser administrada todos los días.

“Si la persona se aplica insulina de más o si no ingiere algo cuando su glucemia está bajando por la acción de la insulina, puede descompensarse y desvanecerse. Por eso, deben llevan un control frecuente y preciso, para no tener valores elevados de glucemia -por los riesgos que representa a largo plazo- pero que tampoco bajen hasta niveles que las lleven a desmayarse en el momento”, insistieron desde FAD.

Las claves a tener en cuenta

·         Ofrecer información a los docentes

·         Diálogo fluido entre escuela y padres

·         Que la mochila del niño tenga todo lo que necesita

·         Prestar atención a si se siente mal o descompensa

·         Acordar pautas de insulinización con las familias

·         Permitir que el niño se autocontrole el nivel de glucosa en sangre

·         Tener en clase algo dulce por si baja su glucemia

·         Permitirle realizar actividad física tomando recaudos

·         Contar con un protocolo claro en caso de hipoglucemia grave

Alarma la cantidad de siniestros de tránsito que afectan a niños y adolescentes

constituyen la primera causa de muerte y secuelas en niños y jóvenes. Preocupación de la Sociedad Argentina de Pediatría.

‘El principal motivo que contribuye a que los niños se lesionen o sean víctimas fatales en los accidentes de tránsito es que son trasladados de manera insegura en automóviles o motocicletas’. Es una afirmación de los especialistas de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) ante la gran cantidad de siniestros viales que afectan a niños y adolescentes.

Según cifras oficiales, en Argentina en el año 2017 se produjeron 5.420 fallecimientos por siniestros viales, de los cuales 324 (6%) correspondieron a niños menores de 14 años. Además, según estadísticas preliminares del Instituto de Seguridad y Educación Vial (ISEV), en 2019 el 39,3% de las muertes se dio en la franja etaria de entre 16 y 30 años y el 43,5% de los siniestros correspondió a conductores de entre 17 y 30 años. En cuanto al horario de ocurrencia, 1 de cada 3 (34,5%) se originó entre las 6 am y las 12 del mediodía.

Si bien la mayoría de los eventos se da en zonas urbanas, son las áreas rurales las que se llevan el mayor porcentaje de decesos: 61,9%, mayoritariamente debido a que el exceso de velocidad en las rutas incrementa el grado de siniestralidad de los accidentes. Comparando 2019 con 2018, el propio ISEV reporta un aumento del 29,2% de los siniestros, con un 4% más de mortalidad y un 12,8% más de morbilidad (lesiones).

Las lesiones por accidentes de tránsito constituyen la primera causa de muerte y secuelas graves en niños y jóvenes. Al menos un tercio de estos niños viajaba en automóviles. Los SRI (Sistema de Retención Infantil), también conocidos como ‘sillitas’ o ‘huevitos’, son de uso obligatorio y ofrecen un elevado nivel de protección en la prevención de las muertes por tránsito. Reducen las defunciones de lactantes un 71% y las de niños pequeños un 54%. Son estructuras diseñadas especialmente para ser ancladas a los asientos del vehículo que proporcionan gran inmovilización y sujeción, representan un método confiable en términos de seguridad pasiva y son el mejor seguro de vida para un pasajero menor de edad. Estos se deben elegir según la altura, peso y edad del niño.

Todo niño cuya estatura no supere el metro y medio de altura, debe usar un sistema de retención infantil (SRI). En Argentina según la Agencia Nacional de Seguridad Vial -en promedio en todo el territorio nacional- sólo el 50 % de los niños menores de 4 años utiliza el SRI”, afirmó el Dr. Lucas Navarro, médico pediatra, miembro del Comité de Prevención de Lesiones de la SAP.

Una investigación llevada a cabo por el Observatorio de Seguridad Vial de la Agencia Nacional de Seguridad Vial encontró que las principales barreras que inhiben los comportamientos seguros en torno al traslado de niños son de diferente naturaleza. En lo que refiere al traslado de niños en vehículos de 4 ruedas, el nivel de desprotección se encuentra relacionado con a) la asimetría informativa (falta de información respecto de la existencia de los Sistemas de Retención Infantil (SRI) para los más chiquitos, b) la ausencia percibida de control sobre la forma de traslado, c) el acceso limitado a los SRI por parte de determinados sectores de la población, y d) la permisividad paterna o materna (los padres dejan que sus hijos no usen SRI porque a los niños les molesta o no les gusta viajar en la silla).

La Academia Americana de Pediatría recomienda lo siguiente: todos los menores de 13 años deben viajar en el asiento trasero; todos los niños deben viajar en un SRI mirando hacia atrás hasta la edad de 2 años o hasta alcanzar el peso y la talla máximos permitidos por el fabricante del dispositivo; todos los niños desde los 2 años o los menores de 2 años que han superado el límite de peso y altura máximo del SRI, que se usa mirando hacia atrás, deben utilizar un SRI mirando hacia adelante (con sistema de arnés) hasta alcanzar el peso o la altura máximos sugeridos por el fabricante; todos los niños que superen el límite del SRI que se utiliza mirando hacia adelante deben utilizar dispositivos elevadores hasta que el cinturón provisto por el automóvil se ajuste adecuadamente. Esto se logra mayoritariamente en los niños que alcanzan la estatura de 150 cm, o entre los 8 y los 12 años de edad.

Con relación al traslado inseguro de niños en motocicletas, el trabajo registró la presencia de las siguientes barreras: existencia de una red de transporte público deficiente que exige a los padres resolver los traslados de manera alternativa; la oferta insuficiente de cascos para niños; la baja percepción de los riesgos asociados a estos modos de traslado; y algunos sesgos cognitivos como la omnipotencia y el exceso de confianza de los padres.

“Esta última barrera refiere a la creencia de los padres en sus propias habilidades para mitigar los riesgos a través de mecanismos poco seguros como, por ejemplo, llevarlos adelante en la posición del conductor. Por otra parte, se detectaron barreras como la permisividad paterna o materna (a los niños les gusta viajar en la moto y los padres les dan el gusto) y la ausencia percibida de controles en la materia”, refirió por su parte el Dr. Osvaldo Aymo, médico pediatra, Ex Secretario del Comité de Prevención de Lesiones de la SAP.

Con respecto a los adolescentes y jóvenes, estos son más propensos a presentar comportamientos riesgosos en el tránsito que otros segmentos etarios por su inmadurez física y emocional, el proceso de formación de identidad, los estilos de vida asociados a la juventud, la presión de sus pares, el comportamiento impulsivo y la búsqueda de emociones. Los adultos tienden a tomar mejores decisiones que los jóvenes porque consideran más opciones, riesgos y consecuencias.

En opinión de la Dra. Melisa Giovanini, también pediatra del Comité de Prevenciones de la Sociedad Argentina de Pediatría, “en general, los jóvenes se encuentran particularmente dispuestos a asumir naturalmente más riesgos que el resto de la población, quizás sin siquiera ser conscientes de ello. En este contexto, las sustancias psicoactivas -entre las cuales se destaca el alcohol por su elevada prevalencia en la población- constituyen un medio que potencia los resultados negativos de esas conductas riesgosas”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) identifica a la conducción bajo los efectos del alcohol como uno de los factores de riesgo intervinientes en la problemática de la siniestralidad vial, señalando que conducir bajo tales efectos aumenta la probabilidad de ocurrencia de un siniestro y de que éste termine en muerte o traumatismo grave.

“Además, la utilización del celular es un objeto distractor que interfiere en la atención en el tránsito, y el uso de auriculares disminuye la percepción de cualquier señal sonora y contribuye a la desconcentración”, completó el Dr. Navarro.