Ellas y Ellos: ¿una cuestión de género?

Andrea V. Cecchi – Lic. Y Prof. en Psicología – Lic.andrea.cecchi@gmail.com

Ella dice: – ¡Son todos iguales!, a los hombres solo les importa una sola cosa, te mienten, te usan y después te abandonan.

Él dice: –¡¿Qué les pasa a las minas hoy?!, son todas histéricas, te dan a entender cosas y después se borran o te reclaman cosas que nunca les prometiste, te invaden, te quieren cambiar.

Cuantas veces escuchamos por día estas frases, cuanta queja hay circulando sobre ellos y ellas y sus conductas deplorables y mal pensadas, además de poco comprometidas. ¿Es una cuestión de género?, ¿tendrá que ver con el famoso instinto el que nos lleva a ser sujetos despreciables?. La verdad es que si miramos bien encontramos personas agradables a la vuelta de la esquina, lo que pasa, es que si sostenemos que “o ya están casados, o ellas están con otros”, significaría que aquel que no encontró rápidamente su mitad está destinado al fracaso y a la soledad eterna.

Si entendemos la vida como una suerte de repartija donde a los afortunados les va bien y a los desgraciados mal, vamos a echarle las culpas al prójimo. Concepto que nos deja inútiles y anquilosados frente a la vida porque solo se trata de sorteos, y claro está, siempre el desafortunado es uno.

Hay un concepto acuñado por Lacan, psicoanalista francés (para el que no lo conoce), que se trata del “fantasma”, sería algo así como el espejo o la lupa con el que traducimos nuestro mundo, TODO nuestro mundo. A través de él creemos saber quienes son nuestros padres y hermanos, esos con los que convivimos, sabemos quién es la docente, el político, el panadero de la vuelta, la vecina de enfrente. Ese “quién es” al atravesar el fantasma se convierte en “lo que YO creo que es el Otro”. La fórmula discursiva es la siguiente:  $<>a, cada uno de nosotros es el $ (Sujeto) que interactúa con esa simple “a” siendo esta “a” la simbolización del espacio vacío donde depositamos al Otro. Por eso todas las mujeres y los hombres son iguales, porque cada uno de nosotros ve lo que quiere o puede ver de los demás.

Las redes sociales colaboran muchísimo con esta idea, ahí dentro todos son felices y todos están de acuerdo. Si creo que la suerte les toca a otros, y que el hombre o mujer ideal ya están ocupados voy a desligarme del compromiso conmigo mismo de atender mis propias cuestiones, sean estos mis temores, mi pasado, mis defectos, no tendría nada para mejorar porque no tendría nada que modificar, solo la “yeta” que me persigue y la culpa del otro. Este pensamiento se origina en la idea de que “en algún lugar las cosas salen bien”, porque solo vemos EL rasgo que muestra el otro, aquel cambió el auto, el otro se fue de vacaciones, aquella se pagó las lolas, en fin…todos pueden y tienen menos yo, ese rasgo que el se enaltece le hace sombra a la realidad que hay detrás.

Ahora  podemos pensar que ese “todos son iguales” o “a todos les va bien menos a mí” es una construcción absolutamente personal, porque en ese espacio que tenemos libre que es el “a”, letra que estaría significando ese espacio vacío, ese cero de la escala numérica a la que le podemos poner lo que se nos ocurre, es donde colocamos construcciones propias y heredadas al estilo de “esto nunca va a cambiar”, “el país es una porquería”, y esto además actúa como nuestra verdad, significa que cuando veamos pasar a una persona buena, linda, u honesta no la podremos apreciar porque nos opaca el fantasma, lleno de miedos, de frustraciones, de defensas. Es más fácil, cómodo y barato acusar al género opuesto o al mundo. Les pedimos al género opuesto que nos de aquello que no podemos dar siquiera nosotros. Buscar el defecto es más tranquilizador que evaluar nuestras conductas y nuestros valores, o sea nuestro fantasma. ¿Qué pretendemos de los demás?.