El elefante encadenado. (Mandatos)

La licenciada Andrea Cecchi nos entrega una nueva columna donde nos invita a psicoanalizarnos.

El elefante encadenado. (Mandatos)

Por: Andrea V. Cecchi – Lic. y Prof. en Psicología – Lic.andrea.cecchi@gmail.com

La herencia en todas sus formas es la parte fundamental de nuestra constitución orgánica y psíquica. Somos lo que heredamos, genes, costumbres, hábitos, color de ojos, pigmentación cutánea, estatura, hasta ideologías.

Los mandatos familiares también son heredados de generación en generación, nuestros padres han recibido los de sus padres, y aquellos de sus padres y así sucesivamente. Es cierto que estos mandatos sufren ciertas modificaciones, podríamos decir “actualizaciones” según la época histórica en que nos toque vivir. Asimismo también se le agregan las modas y las exigencias culturales, como por ejemplo, las modelos de la década de los 70´ eran curvilíneas y para cuando llegó el siglo XXI resultaron ser extremadamente delgadas y sin forma. Estos cambios en la apreciación de la belleza, generaron mandatos anoréxicos y bulímicos para que los cuerpo se adapten y se parezcan a las nuevas formas requeridas. A nivel familiar, suele pasar lo mismo y de manera velada, casi imperceptible.

Los mandatos se inscriben en forma de marcas, los asumimos como absoluta verdad y no los cuestionamos, porque no nos atrevemos o simplemente porque no llegamos a identificarlos.

Estas marcas aparecen allí donde menos lo imaginamos. Quedan inscriptas en nuestra psiquis cuando percibimos la forma en que somos tratados y somos hablados en la infancia, sean estos padres, familia, maestros o profesores. Lo notamos cuando existe una amplia distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Los mensajes suelen ser contradictorios, pero la ley queda grabada a fuego.

Hace algunos años, una paciente manifestaba su negativa de convertirse en madre porque “no le gustaban” los niños, por considerarlos una carga indeseable, mientras que, en simultáneo, se desempeñaba laboralmente como niñera de unos niños a los cuales adoraba. Resultó que su propia madre adolecía haber tenido hijos, y su queja permanente se hizo carne en ella transmitiendo un mandato familiar de que “los hijos son una carga”; a su vez esta madre había sido abandonada por sus padres y criada por su abuela materna con gran encono. La paciente no se había percatado que lo que sostenía no tenía que ver con un deseo propio, sino con una aparente verdad establecida durante generaciones y reforzada mediante amenazas de su madre en contra del deseo de la paciente de construir una familia.

En otra oportunidad, un paciente varón, relataba que tenía muy mal carácter y que resolvía las cosas a los gritos porque “llevaba sangre de tano”, y decía: “los tanos somos así, sanguíneos”. Esta característica de la personalidad no era de su agrado y le traía bastantes dolores de cabeza, pero él no se había planteado la posibilidad, hasta entonces, de dejar de repetir la historia familiar: el de ser brutos y dominantes.

Los mandatos se inscriben en una suerte de repetición sintomática, donde se actúa y se goza de algo que no se puede “dejar de hacer” aunque se lo rechace. La queja, el no puedo, la repetición de lo indeseable hace creer que estamos signados por una herencia maldita inmodificable. De lo que se trata no es de lo estático, sino por lo contrario, de lo dinámico. Abandonar el lugar de goce para encontrarnos con el deseo, es decir, encontrar una posición subjetiva que nos permita independizarnos de aquello que alguna vez nos dijeron que éramos. Descubrir la libertad implica abandonar conquistas libidinales sintomáticas. Esto quiere decir que repetimos cosas que no nos gustan con la profunda creencia que es inmodificable y que lo vamos a padecer toda la vida.

Una mujer que sostiene que le gustan los hombres difíciles, está anclada a un ideal de hombre construido en el seno de su familia “donde papá lleva las riendas mientras mamá lo sigue a la sombra infelizmente feliz, por amor”. Aun viendo la no muy afortunada suerte de su madre frente a la distribución de poder en la pareja, ella sigue buscando hombres que la sostengan en el mismo nivel de inferioridad. Del mismo modo un jovencito que cree que no poder estudiar una carrera universitaria porque en su familia son “laburantes”, va a quedar condicionado al relato familiar generacional y no a sus capacidades como estudiante, que quizás nunca conozca si no se revela contra este supuesto.

Que los mandatos nos constituyan, no significa que no podamos encontrarnos cara a cara con ellos y ponerlos en cuestión. Hay una pequeña fábula titulada “El elefante y la estaca”, que cuenta que aquel animal, de pequeño, fue atado con una cuerda desde una de sus patas a una estaca enterrada en la tierra; en aquel entonces no podía escapar por su poca fuerza y su condición corporal pequeña. Al crecer dejó de intentarlo (aun pudiendo zafarse de un pequeño tirón), porque el elefante ya sabía que “no podía”, “que no puede” y “que nunca podrá” porque no lo logró de pequeño.

Como el elefante, nosotros de adultos, seguimos anudados a los mandatos familiares y culturales como si fueran la realidad estacada, y dejamos de buscar la verdad en nuestra propia realidad psíquica.

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