Distintos pero iguales

El licenciado Mariano Busilachi y un análisis de las elecciones en Estados Unidos y qué enseñanzas nos deja a los argentinos este proceso.

Distintos pero iguales


Por Mariano Busilachi – Licenciado en Comunicación Social. Consultor de comunicación política e institucional.

Biden será el 46° Presidente de los Estados Unidos de Norteamerica, tras una elección histórica, por la inmensa cantidad de personas que votaron (en EEUU no es obligatorio el voto) y por la contienda en sí misma. Se terminan cuatro años de un administración muy particular, como el mismo Donald Trump, con luces y sombras, aunque con un perjuicio notable en materia de COVID y derechos civiles.

Cuando uno traza un paralelismo entre esta elección estadounidense y nuestros males argentinos de cada día, ve que la historia nos brinda lecciones universales, aun en país tan disímiles. Ver a la cuestión de manera global nos permite, no solo entender el proceso que atravesó la principal potencia mundial en estos cuatro años, sino también en qué nos afecta a todos nosotros.

En 2016, cuando Donald Trump llega a la presidencia de los EEUU, el mundo estaba atravesando un periodo de cuestionamiento a los líderes políticos de las grandes estructuras partidarias, como no se había visto hace muchos años. El capitalismo descarnado y la globalización arrolladora dejaron secuelas en el interior profundo de diversos países. EEUU fue uno de ellos.

En América Latina, la gran ola de la Patria Grande enmarcada en un contexto histórico de victorias ligadas a lo popular, como fueron las presidencia de Néstor Kirchner, Lula Da Silva, Evo Morales y Hugo Chavez, fueron poco a poco dejando lugar a un regreso de partidos contrarios, entre socialdemócratas y de centro derecha.

Solo en Venezuela no hubo cambios. Allí, incluso, se profundizó un modelo que año tras año se agota agónicamente. Los últimos 20 años en América Latina, y particularmente en Argentina, han sido muy intensos. En EEUU, también. China, Rusia, los mercados financieros, todos han jugado su papel en estas historias. Las elites gobernantes de cada país hicieron lo propio.

Trump no fue un candidato aislado. Es la solución que encontró gran parte de la población a un sistema desigual y que no los comprendía. El interior profundo y rural estadounidense vio en el magnate de la construcción la posibilidad de reivindicar sus economías y, en parte, su supremacía. La épica proteccionista que propuso Trump caló hondo en ese sentir americano que veía que su orgullo se dirimía con los peligros que proponían China, Rusia y la inmigración latina. Tampoco colaboró la percepción en la opinión pública de Hillary Clinton, quien era parte de un sistema que, en ese momento, se requería cambiar.

La economía del Norte creció y mejoraron los números. Con la verborragia y peligrosidad en el discurso de Donald Trump, con sus contradictorias relaciones internacionales, con el halo de sospecha permanente sobre posibles actos de corrupción, no estaba del todo seguro que podría llegar a perder las elecciones de este año. Pero, tres factores desencadenaron que las chances de Biden crecieran notoriamente: la economía dejó de responder, el Black Lives Matter apareció como un vendaval de necesidad de erradicar la desigualdad racial y el COVID 19 puso de rodillas al orgullo altanero de Trump, ubicando a EEUU como el país que peor gestionó la pandemia.

Es curioso que Trump, a pesar de lo mencionado, sea el segundo candidato más votado en la historia de una elección en los EEUU. Lo supera, por supuesto, Joe Biden. Lo que nosotros entendemos a la perfección, la famosa “grieta”, llegó al gran país del Norte. Un fanatismo desenfrenado por un discurso peligroso que ve a los oponentes políticos como enemigos. La ridícula acusación de fraude de Trump parece sacada de un contexto latinoamericano. Es absurdo y síntoma de qué tipo de líder mundial vimos durante cuatro años.

Biden tendrá un difícil tarea. La unión del pueblo es, en cierto punto, idílica. Pero, su andar es necesario. Estados Unidos le ha mostrado al mundo, a pesar de sus injerencias arbitrarias en otros países, cómo debe funcionar un sistema democrático notable y sus instituciones. Trump puso en tela de juicio todo ese sistema de más de 200 años de prestigio. Así funciona un populista. En contrapartida, Joseph Biden, un hombre de diálogo y trayectoria política distinguida, sabe que deberá convencer a una cantidad importante de fanáticos que (también) será el Presidente de ellos.

Cuando escuchaba el discurso del Presidente electo, de este sábado, pensaba que aquí en Argentina, tanto Macri como Fernández propusieron lo mismo. Unir a los argentinos, trabajar por todos y todas, según el lado desde donde lo mires. Macri no lo cumplió y lo agudizó. Alberto Fernandez, hasta ahora, tiene permanentemente un bidón de nafta en la mano para exacerbar el fuego. Biden tiene otro recorrido, en una cultura política muy distinta. Pero, ¿podrá lograrlo?

Otro paralelismo muy notable de Trump con Argentina es su relación con los medios de comunicación y las redes sociales. Trump eligió Twitter para denostar a los contrarios y enaltecer sus virtudes. Incluso, lo hizo estos días para seguir cuestionando el recuento de votos y declararse “ganador”. Cristina Fernández tiene una modalidad similar. Solo usa sus redes sociales para expresar sus opinión e informaciones públicas. Casi que no habla con los medios de comunicación, tampoco lo hizo Presidenta. Causalmente, tanto Trump como la ex mandataria argentina han tenido una postura acérrima a la mayoría de los medios de comunicación de sus respectivos países.

Es notorio, además, la reacción del presidente estadounidense ante ciertos temas muy sensibles para la sociedad norteamericana. Sin dudas, la cuestión racial no tuvo la respuesta esperada por parte de su administración. Que la compañera de fórmula de Biden sea Kamala Harris es toda una novedad y contrasta fuertemente con la figura del actual Presidente. Será la primera vicepresidente mujer, la primera vicepresidenta negra y sus padres son de origen indio y jamaiquino. La figura de Harris, respetada funcionaria en el ámbito judicial, destaca la decisión Biden de ponderara a una mujer como su compañera de fórmula, genera expectativa por su política contra el racismo e invita a pensar en una mirada cercana de su gestión hacia Latinoamerica y Caribe.

El gobierno argentino se posicionó con buenas sensaciones ante el triunfo electoral de Biden. Lo impredecible de Trump en materia de relaciones exteriores contrasta con la ayuda indirecta que su administración le dio a Argentina en los organismos financieros internacionales. Pero, Trump ha demostrado que un día puede ser tu amigo y, al día siguiente, odiarte. O viceversa, como ocurrió con el líder norcoreano.

Conocido el triunfo de la fórmula Biden-Harris, el propio Presidente Fernández y la vicepresidenta felicitaron al pueblo estadounidense y a su nuevo mandatario. Desde el gobierno nacional entienden que la previsibilidad y cultura política de Biden son más propicias para los intereses argentinos y las relaciones bilaterales. Viene una mirada más integradora con los países de la región. No cambiará tanto el panorama con los mercados financieros ni habrá grandes diferencias de regulaciones. Sin embargo, sí serán mejores las expectativas de un vínculo político maduro. No solo lo necesitaba un país como Argentina, sino el mundo entero.

La elección presidencial en Estados Unidos deja paralelismos pero, también, enseñanzas para los argentinos. En primer lugar, lo peligroso que es dejar hacer a líderes políticos que generan divisiones irreconciliables en la sociedad y gobiernan con la lógica “amigo-enemigo”. Esa ha sido una de las razones por las cuales Trump perdió en numerosos estados. Aquí lo hemos sufrido desde hace mucho antes. Sin embargo, hoy lo estamos viendo nuevamente con pinceladas de un discurso anacrónico, como creer que los ricos son malos y por su condición no necesitan de políticas esenciales, como la seguridad.

En segundo lugar, entender que el sistema político no puede permitir ciertas actitudes de sus dirigentes y que debemos consolidar instituciones fuertes. Si algo nos ha enseñado la democracia estadounidense es que las instituciones se respetan y las normas electorales se deben cumplir. En Argentina, tenemos provincias gobernadas como feudos. Insfrán es un caso paradigmático. Hace más de veinte años gobierna la provincia que ha tenido históricamente los mayores índices de pobreza. También, necesitamos madurez en el poder Judicial y Legislativo.

En tercer lugar, los discursos son efectivos en la medida en que terminan generando un valor para la sociedad. Es decir, un discurso contradictorio solo generará rechazo. Por ejemplo, Trump lo tuvo con la cuestión racial. El gobierno argentino, con la gestión de la pandemia. Un dato no menor: ayer, Argentina superó a Estados Unidos en cantidad de muertos por coronavirus por millón de habitantes. Frenar la marcha y replantear estrategias, asumiendo errores, es sano para cualquier gobierno.

En cuarto lugar, los sufragios nos ha enseñado que ningún líder, por más avasallante que sea, tiene el mandato comprado. Las democracias le dan el poder a los ciudadanos de elegir su destino. Pero, tenemos que tener conciencia de que no siempre ganan los mejores y que muchas personas eligen por razones pasionales y no racionales. Entender esto e intentar quitarlo lentamente de nuestra cultura implicará mejores candidatos, mejores propuestas y un mejor país.

Estados Unidos ha conocido lo que nosotros ya vivimos y, lamentablemente, todavía vivimos. La división permanente generada desde la política. Biden-Harris es una formula con toda la idiosincrasia norteamericana que puede tener, pero con una mirada optimista y expectante al futuro. A los argentinos, esto nos muestra la importancia de comprometerse con un voto cuando las cosas no son como esperábamos y hacerlo de manera racional, pensando a futuro y no solo en el bolsillo.

La elección con mirada del presente no siempre asegura un buen futuro. La elección de Trump de 2016 lo demostró. La elección de Fernández del 2019, ¿seguirá el mismo camino? ¿tendrá el presidente la capacidad de autocrítica y gobernar también para los que él llama “ricos”? De cualquier manera, la madurez política y la urgente necesidad de fortalecer nuestras instituciones, su prestigio y su confiabilidad, son mucho más urgentes que plantarnos en discursos anacrónicos que nos han llevado a peligrosos caminos. Tanto aquí, como allá y en todo el mundo.

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