Por: Facundo Barrionuevo(*)

 

Así se dirigió el Papa Francisco, en su visita a Brasil, a los jóvenes argentinos. Los jóvenes viajeros de nuestro país, cercanos a los 40.000, tuvieron un momento de encuentro especial con el ex cardenal argentino Jorge M. Bergoglio.

 

En todas sus alocuciones públicas, el Papa tuvo fuertes palabras que ofrecieron titulares a los miles de medios de comunicación que cubrieron el evento y aparentan tener por objetivo sacudir un estado de situación que domina en la Iglesia Católica. Este estado de situación podría definirse muy rápidamente y en contraposición a las palabras de Francisco, como de encierro, clericalizada, sumida en conflictos internos debido a los escándalos sexuales y financieros, reaccionaria con respecto a temas de moral sexual, y en baja con respecto al crecimiento de las iglesias pentecostales y las corrientes de espiritualidad de origen oriental (sin contar el avance del islam en Europa).

 

Ahora bien, concentrándonos en la expresión, “a la argentina” que utilizó el Papa ante su auditorio juvenil, podemos ensayar algunas reflexiones. Evidentemente el llamado a “hacer lío” refirió en primer término al gran evento que significa la Jornada Mundial de la Juventud, donde cerca de 2 millones y medio de adolescentes y jóvenes invadieron la ciudad de Río. Pero, en segundo lugar habló de “hacer lío en las diócesis” a las que pertenecen, e incluso pidió disculpas por adelantado a los obispos y curas que posteriormente pueden hacerles lío a ellos. Como sabiendo lo que suele suceder a quienes toman posturas que desafían el statu quo en el aparato institucional eclesial.

 

Este Papa “venido del fin del mundo” evidencia conocer las profundas dificultades que toca a la Iglesia Católica que el preside. Desde el inicio de su pontificado, hemos escuchado voces desde el interior de la institución y desde fuera, que advertían sobre las audaces decisiones que requiere la hora actual. La pregunta fundamental es si efectivamente dará esos pasos para las profundas transformaciones que amplios sectores de la Iglesia y el mundo esperan. Mucho han llamado la atención los innumerables gestos que este nuevo pontífice realizó desde que llegó a la Cátedra de Pedro en marzo de este año. Sin embargo, desde los sectores más críticos presentaron reservas basados en los antecedentes de Bergoglio en la Arquidiócesis de Buenos Aires.

 

Lejos de hacer futurismo, sobre las decisiones con relación a algunos temas particulares, alimentamos las esperanzas de que realmente este papado sea de “ruptura” y “una nueva primavera”, como lo ha manifestado el teólogo brasilero Leonardo Boff. A quién, extraoficialmente, el papa Francisco a manifestado intención de recibir, “luego de realizar la reforma a la Curia Romana”. Recordemos que Boff, pertenece a la primera generación de teólogos de la llamada Teología de la Liberación, corriente teológica latinoamericana que fue perseguida por el Cardenal Ratzinger en el papado de Juan Pablo II y que luego continuó como Benedicto XVI, con innumerables sanciones a cerca de 500 teólogos en todo el mundo. A quiénes suponen que muchas de estas sanciones, Bergoglio, estaría dispuesto a levantar pero no en vida de Benedicto XVI.

 

Pero volvamos a lo de “hacer lío” y “salir a la calle”. Muchas de las palabras, gestos, ideas y consejos “revolucionarias”, son repetidas como cantinela por cierto sector del laicado y la curia, que precisamente no se identificaba con esas insistencias. Parece que, “ahora que lo dice el Papa” es políticamente correcto hablar de los pobres, de la iglesia en la calle, de los barrios. Seríamos injustos si desconocemos aquí a esa iglesia “sumergida” que, a pesar de las sanciones, las persecuciones e incluso los mártires, nunca claudicó en entregarse coherentemente con lo que creemos fue la causa de Jesús de Nazaret.

 

Lo que cualquier comunidad de base, organizada y que se siente heredera de la iglesia profética de América Latina, se encuentra cuando “hace lío” (por insistir en la lucha contra la pobreza y la transformación de las estructuras internas), es un muro que impide el trabajo e incluso la prédica. Esto, siempre que de algún modo no esté habilitado o legitimado por algún miembro de la jerarquía.Y cuando es el miembro de la jerarquía el que “hace lío”, es más fácil, se lo persigue hasta que se agota, y en soledad, renuncia al ministerio, o se desarma una comunidad.

 

Por esto, no solo hace falta un Nunca Más de la Iglesia Católica en Argentina en relación a la última Dictadura Cívico-Militar y el terrorismo de Estado, sino también por la inmensa cantidad de hermanos y hermanas laicos, religiosos, curas y obispos que fueron sistemáticamente ninguneados, arrinconados, silenciados y apartados de sus ministerios y comunidades a lo largo de los años del neoliberalismo hasta la actualidad.

 

Entonces cuidado, la Iglesia en la calle en nuestro país tiene un triste anecdotario. Un sector de la Iglesia argentina en las calles, fue capaz de promover y festejar golpes de Estado como los de Aramburu y Onganía, oponerse corporativamente a leyes que pedía gran parte del pueblo argentino como las de salud reproductiva, y ni que hablar de las operatorias con relación a las leyes de educación y el Código Civil.

 

Creemos necesario que todas las comunidades reflexionemos en relación a aquello que debería sacarnos a la calle: las injusticias sociales, la miseria, el desempleo, la explotación laboral, la trata de personas, la inseguridad planificada y sostenida desde la complicidad estatal y las fuerzas de seguridad, la violencia de género en todas sus formas, el desastre ambiental, el peso de la deuda externa, las reivindicaciones de los pueblos originarios, el estado de la salud y la educación pública. Y con otras metodologías del “lío”, debemos también trabajar para la transformación radical de las estructuras de poder hacia el interno de las comunidades: el lugar de la mujer, el ejercicio de los ministerios, las decisiones económicas, la gestión de las instituciones, las formas litúrgicas, la formación del laicado, religiosos y seminaristas, el nombramiento de obispos y el diálogo interreligioso y ecuménico.

 

No habrá posibilidad de cambios de fondo, reales y estructurales si no cambian las bases y las estructuras de animación. Este es el mayor desafío, el más complejo.¡Y no alcanza con la Curia Romana! Los formatos y las matrices de formación están íntimamente arraigadas en las burocracias y el sentido común de las comunidades, producto de los años de restauración ideológica y magisterial del papado de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Será un elemento cultural sobre el que habrá que trabajar con seriedad, audacia y profetismo, incluso con un abordaje de conversión espiritual. Habrá que desaprender todo aquello que llevó al estado de situación que hoy impera en la cultura católica. De modo que, los cambios reales y duraderos surgirán del encuentro entre la voluntad política de la autoridad eclesial y la disposición y recepción que haga el Pueblo creyente.

 

“Rehabilitar la política que es una de las formas más altas de la caridad”, “el futuro nos exige una visión humanista de la economía (…) y una política que evite el elitismo”, fueron otras de las expresiones del Papa frente a dirigentes brasileros. Luego de una mención a la actualidad del Brasil y las protestas juveniles hizo insistencia al diálogo y la “cultura del encuentro” como la actitud primordial en el campo de las luchas sociales. Aquí, particularmente considero que muchas veces, se corre el riesgo de tapar el carácter transformador que tiene el conflicto, espiritualizando conceptualmente procesos del plano político-económico y social que tienen dinámicas profundamente complejas. La insistencia en salvar la unidad, la comunión y “la paz en casa” generaron una cultura institucional, en ocasiones hipócrita, que por huir del conflicto se hace funcional a los ordenes hegemónicos.

 

Hace unas semanas vengo masticando varias de estas cosas. ¡Cómo fue posible el desmantelamiento de una iglesia que tenía por horizonte estos resaltados que hoy hace discursivamente y con gestos, el Papa argentino! Y nostálgico de un tiempo no vivido, me pregunto: ¿Cómo recuperar aquél ímpetu transformador de una juventud que, en la Argentina, se abrió camino dando los primeros pasos de compromiso social en comunidades cristianas y movimientos juveniles? ¿Cómo volver a hacer ese aporte singular y verdaderamente revolucionario a las fuerzas sociales, desde la formación de los adolescentes y jóvenes?

 

Resta confiar y colaborar con ese Espíritu, que sopla por donde quiere, y está empujando la historia en los millares de jóvenes latinoamericanos que a diario se suman a la inmensa marea de liberación que está llamado a realizar el continente. Pero desde una renovada y real humildad histórica de ser una, entre otras tantas instituciones del mundo actual. Sin eclesiocentrismos y catolicidades.

 

*El autor es un docente de 30 años, militante político y social de la ciudad de Mar del Plata. Fue religioso seminarista de los Salesianos de Don Bosco durante los años 2003-2010 y realizó tareas pastorales y educativas en las villas del Gran Buenos Aires. Actualmente participa en Comunidades de Base de la ciudad.



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