– Todo. Perdimos todo. No tenemos nada.

No hay altibajos en su voz –ni bronca, ni rencor– pero sí distingo una cadencia acompasada, aletargada. Mercedes tiene su casa completamente devastada. Chancleteando un par de zapatillas que le donaron, y que le quedan enormes, me invita a pasar. Sobre la pared blanca se ve la línea negra, a casi dos metros de altura; por debajo, un dejo amarillezco, esfumado, que le da perspectiva y matiz a la escena fotográfica: su casa es una de las tantas arrasadas por la fuerte inundación que sumergió a La Plata el martes 2 de abril en 300 milímetros de lluvia y aflicción. Los 5 ambientes están dados vuelta: en el living sientan los colchones que le brindaron desde el centro de asistencia –los suyos, dominados por el agua, fueron arrastrados a la calle, con la escasa fuerza restante– en la pieza sólo queda un placard empotrado que no tiene ni estantes; en el patio hay pilas de ropa mojada, mezclada con carpetas oficio cuyas hojas están encharcadas. El comedor no tiene instalada ni la cocina, y las alacenas fueron despachadas al garaje, que es –a su vez– el depósito de mercadería, utensilios, frazadas, pañales para adultos y alimento para mascotas. No queda espacio para el auto, pero eso no importa. No sirve más, “está tirado en el baldío de enfrente, el agua rebalsó hasta el capot”.

 

Viajamos 450 kilómetros con lluvia y una radio de fondo que notificaba el temporal de Buenos Aires y sus 6 víctimas fatales. El mate estaba lavado. Levanté la mirada después de cambiarle la yerba y me encontré con un panorama amenazante. Los 30 kilómetros de la entrada a La Plata por avenida 44 estaban dominados por vehículos y por agua que caía cada vez más fuerte, cada vez en mayor cantidad. Se duplicaba el viento y se dividía la visibilidad. Manejamos cuadras arriba del boulevard que divide las manos de la avenida, inmersas en autos que iban en sentidos opuestos: nos cruzábamos zigzagueando, como podíamos, al ras de otros coches que huían en dirección contraria. El agua ya desbordaba los cordones de la vereda y se hizo una pileta homogénea. Los vidrios estaban empañados y la oscuridad nos dominaba. El motor del auto empezó a anunciarnos su abandono. “No puedo seguir”. Paramos en una de las transversales a la avenida principal, arriba de la vereda. En las calles aledañas había 300 vehículos, quizá más. Pasaron las horas: las 20, las 22, las 3 de la mañana.

 

El cuento de Cortázar, La autopista del sur, era una realidad desnaturalizada: parecíamos ciudadanos en una feria colectiva, pero en verdad, estábamos sumergidos en centímetros de desconcierto, temor y preocupación por nuestros familiares. Las radios no informaban y mi celular, que me venía anunciando batería baja, me abandonó cerca de las 23 horas. Perplejidad en la larga noche, que no era auxiliada siquiera por las luces de los postes porque la energía se había cortado. A una cuadra de donde estábamos nosotros se producía un salto abrupto: el cruce de las calles 143 y 44 se ahogaba en un pozo oscuro de dos metros de profundidad, y un colectivo que audazmente quiso seguir camino quedó varado con el agua hasta las ventanillas. “Esto sólo lo vi en las películas”. A las siete de la mañana, el agua había bajado un poco y pudimos emprender el regreso a mi casa, bordeando el barrio San Carlos. El panorama era desolador: autos chocados entre sí, unos arriba de otros, o flotando; gente en los techos de sus casas o arriba de las camionetas; árboles y postes de luz caídos, bolsas de basura y bocacalles de garganta mordaz que no daban a vasto.

 

Ya han sucedido algunos días y el temporal sigue siendo una catástrofe social signada por los antagonismos: desde la solidaridad desinteresada de miles de jóvenes y familias enteras, pasando por las centenas de camiones con mercadería brindados por distintas ciudades del país, hasta la viveza criolla de quienes se encuentran vendiendo los colchones y la ropa donada como si fuera una feria americana. Jornadas completas de colaboración que son organizadas a través de las redes sociales –Twitter y Facebook colapsan de retweets y estados compartidos sobre los lugares que necesitan ayuda–Decenas de centros de acopio, de los que colaboré como pasamanos y como armadora de bolsas con ropa o con comida, que son testiguadas por las cámaras pero que no brindan productos necesarios a los damnificados en particular. Gente afectada que se queja por no haber recibido ayuda del gobierno – “Para recibir una frazada me tuve que anotar como si fuera una cita” – mientras Cristina baja cinco minutos de su helicóptero para rescatar a su madre, y Bruera se esfuma luego de su engañoso –y perverso– tweet de ayuda a los damnificados –a la distancia, disfrutando de algún aperitivo típico de Río de Janeiro–. Errores de comunicación, groseros. Un hermetismo exacerbado sobre el número oficial de muertes –51, supuestamente– por temor de atravesar el umbral de las 100 víctimas y que  se responsabilice enteramente al Estado.

 

Sin lugar a dudas, la inmensa lluvia acaparó estos días la grilla de producción de los medios de comunicación. Sólo se habla de la culpa de Macri, de la ausencia de Bruera, de la irresponsabilidad de Scioli y del oportunismo de Cristina –que hace presencia regodeada por los de La Cámpora en la Facultad de Periodismo de La Plata; aquellos que si no te ponés una pechera azul que identifique su militancia no te dejan colaborar, por más que lleves frazadas para los que duermen a la deriva y con frío–. Especulaciones sobre si Francisco I donó muchos o pocos verdes, si las marcas multinacionales colaborar por marketing o por débito social, o si los supermercados aprovechan esta tragedia para resucitar el consumo atroz en promociones de productos básicos, mientras otros venden los bidones de agua a 100 pesos. Fuera de ello, los afectados siguen limpiando, desinfectando, reacomodando. “No tengo ganas de volver a empezar”. Pisos de madera levantados, ausencia de comida, de pañales, de colchones, de frazadas. Pero el barro no se barre, el barro de las ropitas de los nenes no sale.

 

“Perdimos muchas vidas”. En Los Hornos piden ayuda. En Monasterio piden ayuda. En Tolosa piden ayuda. En Villa Elvira piden ayuda. En San Lorenzo piden ayuda. La Plata necesita ayuda.  Cuatro manzanas del barrio La Loma se llevaron once víctimas fatales. Las calles de la ciudad son un Garage a cielo abierto: en las plazoletas hay basura que nadie recoge mezclada con hojas del otoño, papeles ilegibles por la tinta corrida, colchones desmenuzados en partes de goma espuma, fibra o lana, maderas de algún mueble mohecido por la humedad del temporal. La gente también saca a ventilar  su tristeza, intenta secarla. “Lo que más pena me da son los recuerdos, como estas cartas o fotos de gente que ya no está”. Hay quienes perdieron, literalmente, toda su casa –hecha de madera–; sólo quedaron los caños de los inodoros que aún disipan materia orgánica.

 

La ciudad todavía sigue rara. Los días de semana parecían los típicos domingos platenses –por su letargo–, acumulados en un ambiente de una densidad entristecida. La gente camina apenada por las calles, por más que haya sol. Muchos de los que se quedan en sus casas se sienten deshonestos mientras tantos otros están colaborando en los diversos centros de evacuados, de acopio, donación, colegios, parroquias y facultades. La Plata está cansada y agotada. “Está triste la ciudad, este no es mi barrio, lo desconozco”. Muchos han perdido familiares y amigos, otros sus lugares de pertenencia. En los rostros de la gente se distingue la tristeza, se percibe el cansancio, se ven miradas perdidas. Algunos están muy activos, otros desencajados. Unos van afuera a despedirse de algún objeto preciado, otros entran a seguir limpiando. La intimidad se hace pública: comparten sus historias, sus miserias, se acompañan en el dolor, reparten las donaciones; pero ciertos facinerosos se trincan a tiros por algún colchón cedido.

 

Una vecina de Villa Elvira me abraza con los ojos llenos de lágrimas luego de donarle todo lo que puedo y lo que juntamos con amigos y familia. “Es muy lindo el gesto de tanta gente que colabora, pero yo quisiera tener cerca a mi familia, para que me abrace y me de fuerzas para seguir”. El lado A de esta inundación es la solidaridad desinteresada y anónima de los miles de colaboradores que van y vienen con atenciones: fiel muestra de un país que aún preserva su bondad para con el otro. El lado B es el oportunismo político partidario de grupos que comparten panfletos o increpan los cánticos de su tratado. La solución no está, solamente, en la ayuda del pueblo; es algo mucho más profundo. Está en las medidas y políticas de Estado, conjuntas, entre el gobierno de la Ciudad, la Provincia y la Nación.

El barro no sale con limpieza superficial. Las marcas quedan, las pérdidas son irreparables. Los 350 mil afectados esperan una respuesta. Hubo cuerpos flotando, a otros se los devoró la brutalidad de las bocacalles. Hay quienes dicen que la morgue aún tiene 300 cuerpos sin identificar, en tanto otros se despiertan asustados por una lluvia pasajera y por el miedo de que se desate una nueva tragedia. Algunos narran las pesadillas de cada noche, los recuerdos de las voces que en la oscuridad del martes gritaban “Auxilio, auxilio”: eran cuerpos desgarrados por los arroyos Maldonado, Pérez y El Gato que en un ínterin dejaron de clamar. “El perro en el barro, rabiando rabea: su rabo se embarra cuando el barro barre”. No permitamos que intenten barrer el barro que no se barre. Que el apoyo y la solidaridad de la gente no se embadurne, que el pasamanos de lavandina sirva para desinfectar tanta hipocresía engrasada y contribuya a sanar, aunque sea un poquito,  tanta tristeza y desdicha.

Por Melina Díaz



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