Se sabe que la obesidad constituye un grave problema de Salud Pública, que ha alcanzado proporciones de epidemia en el mundo.

 

Sin embargo, pocos tienen en cuenta que más preocupante que el dato de que un tercio de la población mundial ya padece este problema es que la tendencia está creciendo de forma alarmante en la población infanto-juvenil. Se estima que mientras en la actualidad entre 30 y 45 millones de niños son obesos, en dos décadas se espera que este número ascienda a 140 millones.

 

¿Por qué este aumento en los más chicos debe preocupar más?.Susana Ferrin, médica pediatra especialista en medicina preventiva y social participa del XIII Congreso Internacional de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de la Provincia de Buenos Aires, en Mar del Plata, expresó que las investigaciones demuestran que el sobrepeso/obesidad a edades tempranas puede ocasionar graves problemas de salud en el mediano y largo plazo, entre ellos diabetes, hipertensión, dislipemias y/o muertes prematuras.

 

“Sabemos, por ejemplo, que casi el 80% de los niños obesos serán adolescentes y adultos obesos; que la obesidad en los niños induce a una pubertad temprana, produce más riesgo cardiovascular a futuro y está asociada a una mayor resistencia insulínica”, agregó.

 

Por tal razón, a fines de 2004, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación Internacional de Diabetes (IDF) empezaron a plantear: “combatamos la obesidad infantil para prevenir la diabetes en el mundo”.

 

Sin embargo, no todas son malas noticias. La doctora Ferrin comentó que “estos daños a la salud son altamente prevenibles con acciones sanitarias tempranas y que, por suerte, existen ciertas señales que pueden –y deben– ser tenidas en cuenta por el equipo de salud a los fines de un diagnóstico precoz. Por eso decimos que la mejor alternativa para frenar este avance descontrolado de obesidad es la prevención, a la que hay que concebir como un abordaje multidisciplinario y con todos los sectores de la sociedad”.

 

¿Cuáles son estas señales? El crecimiento y desarrollo infantil son de una complejidad tal que incluye fenómenos no sólo biológicos (genéticos) sino también ambientales (psicológicos, sociales, culturales, geográficos y económicos). Es así que los predictores de la obesidad se pueden dividir en prenatales, natales y post-natales. El riesgo de padecerla aumenta progresivamente con el agregado de uno, dos o más predictores.

 

Entre los predictores prenatales caben mencionar: estrés materno; tabaquismo; aumento excesivo de peso pregestacional y durante el embarazo; diabetes gestacional; retraso del crecimiento intrauterino; escaso o nulo control prenatal; exposición prenatal a contaminantes ambientales.

 

Los natales tienen que ver con el apego madre–hijo (las deprivaciones psicológicas pueden modificar el crecimiento infantil); la prematurez; el alto peso al nacer; la no lactancia materna; y el ser una nena (por ejemplo, las niñas acumulan más grasa corporal en la preadolescencia y adolescencia que los varones).

 

Por último, los predictores post-natales son, entre otros, el tener uno o dos padres obesos (si la madre es obesa se triplica la posibilidad que el niño lo sea, pero si ambos progenitores lo son esa posibilidad se multiplica por 10); el bajo nivel educativo de la madre (por el menor acceso a los conocimientos de una vida saludable); el bajo nivel socioeconómico familiar (cuanto menor es el ingreso económico, menor es el consumo de frutas y verduras, de leche y carnes, los que son reemplazados por una mayor ingesta de harinas); residir en grandes ciudades (en las urbes hay más medios de transportes, menos desplazamiento, más sedentarismo y un fácil el acceso a comidas de alta densidad energética); tomar ciertos medicamentos (algunos antiepilépticos, antipsicóticos y antidepresivos están asociados al aumento de peso); vivir en regiones que estén atravesando una transición nutricional (en algunos países, como los de Sudamérica, quienes fueron subnutridos en la niñez hoy son adultos obesos. Esto suele ocurrir en las poblaciones de menores recursos, cuando aumenta el ingreso per cápita); y malos hábitos alimenticios.

 

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la especialista remarcó que la obesidad infantil se puede prevenir, “pero para eso hace falta mejorar el diagnóstico para minimizar el daño precozmente”.

 

En ese sentido es fundamental contar con un equipo de salud entrenado para optimizar los controles prenatales de la embarazada; hacer un seguimiento periódico del recién nacido y hasta los 3 años de vida; fomentar la lactancia materna; controlar el crecimiento y desarrollo del preescolar, escolar y adolescente; y efectuar intervenciones tempranas cuando se detecten uno ó más predictores de riesgo.

 

“Es que cuanto antes sea esa intervención, mayor adherencia se logra al seguimiento y el tratamiento, y mayor posibilidad de cambiar los hábitos nocivos”, dijo.

 

Por último, el diseño e implementación de estas intervenciones deben llevarse a cabo por especialistas de la obstetricia, neonatología, pediatría, nutrición pediátrica y hebiatras, porque la obesidad infantil predice a la del adulto.



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