Si no tienen respaldo, las palabras, como las monedas, pierden su valor y sobreviene la inflación. Las palabras se respaldan con actitudes, acciones y conductas. La amistad es un vínculo particular, acaso el más parejo de todos, desde el momento en que no responde a imperativos de sangre y tampoco se sostiene en proyectos (familia, hijos, ascenso social, etcétera). Si lo hiciera, podría malversarse en la especulación.

 

 

La amistad no debe cuentas al pasado ni diagrama futuros. No nos hacemos amigos a partir de la atracción física ni el amigo viene a sustituir a figuras ausentes (padre, madre, pareja fallida). La amistad se nutre y ratifica con experiencias compartidas, con confidencias y escucha hospitalaria. Con los amigos, dice el pensador italiano Francesco Alberoni en su tratado La Amistad, llegamos a un punto en común habiendo partido de lugares diferentes. Ninguno trata de cambiar al otro; la aceptación es, como en ninguna relación, condición permanente y esencial, y los verdaderos amigos toman lo que el otro les dice sin doble escucha, sin interpretación y sin sospechas, porque saben que no hay allí gato encerrado, como suele ocurrir en otros lazos. Se le cuenta al amigo lo que a nadie y se escucha de él a la recíproca. No se piden cuentas y no se tiene que adaptar su vida a la del otro para mantener la relación. Dos vidas distintas pueden coexistir. Un amigo no hace cosas humillantes para sí con el objeto de no perder al otro. Llegar a esto lleva tiempo, no es instantáneo.

 

 

Por estos y tantos otros motivos, la amistad se cuece a fuego lento y con presencia. Amigo no es una palabra para dilapidar. Se construye letra por letra. No se puede, entonces, tener decenas o centenares de amigos. Esas son relaciones o contactos. Si todo el mundo es mi amigo, ¿quién lo es de verdad? Cuando la fugacidad y la levedad mandan, cuando priman la comodidad y el utilitarismo, cuando ser popular es más importante que ser coherente, hay inflación de amistad. Mucho uso de la palabra y poco respaldo a su valor.

 

 

 

Maria Barberis  www.pinterest.com/mariabarberis

 

Gentileza diario La Nación por Sergio Sinay

 

 



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