Rodolfo Mederos nació en Constitución pero no se aferra a barrios ni a ciudades. Protagonista de la revolución de los 60, explica la “tanguidad”. La tarde de sábado tiene clima de siesta en Constitución. Rodolfo Mederos espera con el mate listo y la mirada va al grabador, “un fantasma que está escuchando todo”. Hablamos de los gestos, de eso que dice más que lo que se dice e increpa: “Si tuvieras que hacerme una pregunta, ¿cuál sería?”

 

 

Empezaría por tu historia, tu recorrida en la Ciudad…

 

Yo pluralizaría, en las ciudades. Arranca a pocas cuadras, en la maternidad Sardá. “Soy de este barrio pero, ¿qué significa ser de un lugar?”, se pregunta. De ahí a Entre Ríos, después a San Miguel (provincia de Buenos Aires), y Córdoba hasta los 25. “Regresé a Buenos Aires por culpa de Piazzolla y me instalé en Boedo”, cuenta. Siguió por Barrio Norte, Barracas y Constitución. El Sur tira. “Es una ciudad en la que ha ocurrido un hecho fundamental como el tango. Y no lo digo porque me dedique a eso, lo digo como gustador de la música: creo que el tango es un beneficio para la humanidad más allá de los regionalismos”, avanza. Y sí, la explicación llega antes de la repregunta. “El tango es una filosofía, una manera de ver la vida. Y no es solamente desde su poesía. Uno no es tanguero porque toque el bandoneón, baile o escriba un verso. Hay una “tanguidad” que excede la manifestación y tiene que ver con una concepción del mundo, que por otra parte es altamente profunda. Qué curioso, alto y profundo, dos extremos. Eso también tiene el tango: ‘hoy vas a entrar en mi pasado’, son tres tiempos. Y con eso te dije bastante”, desafía antes de la pausa para cebar mate.

 

 

¿Cómo llegó al tango?

 

 

“Vengo de un pasado homogéneo en el que todo era tango. La manera de hablar, de ir a la verdulería, lo que sonaba aquí y allá. Lo escuchaban el abuelo y el nieto, era la música de todos. Hoy se parceló, se crearon compartimentos estancos que dicen qué es para cada edad, para cada clase social”, reflexiona. Escuchó por primera vez un bandoneón un domingo a la tarde, cuando tenía 5 años, en la casa de un vecino. “El hombre estaba construyendo su casa y organizó una reunión para inaugurar la primera habitación, aún sin revoques, con las lamparitas colgadas. Mi madre había hecho pastelitos y los llevaba en un plato tapado con un repasador, nos recuerdo cruzando la calle, mi padre, ella y yo”, describe. Los adultos conversaban, él jugaba afuera hasta que lo llamaron porque algo importante iba a suceder. “Entonces sacó una caja negra, el bandoneón y se puso a tocar. Ahí quedé prisionero”, cuenta.

 

 

¿Qué tiene el bandoneón?

 

Es un objeto exógeno, de origen sajón, una cultura distante de la nuestra. Curioso objeto que, juzgado muy epidérmicamente, es como un conjunto de armónicas. Es el único instrumento que se mueve solo, el único estereofónico por naturaleza. Se nos metió en el corazón y la conciencia y nos ocupó parte de nuestra vida. Le abrimos la puerta, entró, se acomodó y se hizo dueño de la casa. Aunque es una pieza extinguida, se dejaron de fabricar durante la Segunda Guerra Mundial y los que hacen ahora son horribles.

 

 

Basta escuchar un compás para que la mente evoque…

 

 

Tiene que ver con la historia. Ese sonido se instala en una sociedad, forma parte de su cultura y pasa a ser historia viva, no pasada. Entonces uno reacciona frente a eso como reacciona ante un olor. Tiene alumnos jóvenes, chicos y chicas, frente a los que se siente responsable porque se trata de una generación sin referentes, “en estado de orfandad”. Coquetea con el cine, la biología y el ferromodelismo. Está terminando de grabar un disco en San Pablo con un pianista brasileño y, antes de fin de mes, se presentará en el Centro Cultural Torquato Tasso (con su trío) y en el Teatro Coliseo (con orquesta sinfónica). “Pero eso ya es pasado. Para adelante hay varios proyectos sobre los que no voy a decir demasiado”, anuncia. Cede ante el por favor y cuenta que hay algo con su hijo de 20 años y otros músicos jóvenes en la línea de lo que fue Generación Cero, a fines de los 70. “Es un tema para llevar a terapia. ¿Por qué soy un desesperado buscador de eso que todavía no llegó? Soy insaciable, lo reconozco casi con orgullo”, cierra.

 

 

Maria Barberis  www.pinterest.com/mariabarberis

 

 

Gentileza diario clarín por  Einat rozenwasser



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