Pionero del diseño textil, su firma, Tramando, es sinónimo de experimentación y vanguardia. Dice que su cuna fue más bien una incubadora textil. De chico, los juegos que inventaba Martín Churba (42) siempre incluían retazos de telas, hilos, redes, elásticos y fundas de almohadones. Su casa era un universo de telas, tanto que el jean solía ser el material preferido para sus collages en la escuela. “Vivimos rodeados de textiles, y con Tramando siempre hablamos de tejer no sólo el cuerpo sino también el hábitat”, dice, con una fascinación que no puede ocultar al revelar su nuevo proyecto, Tramando Casa, que se lanzará oficialmente en diciembre próximo.

 

 

Sus audaces diseños se venden en Europa y hacen furor en Japón. Martín Churba está acostumbrado a sorprender. Desde sus inicios, cuando junto con su ex socia Jessica Trosman crearon la marca Trosman Churba a fines de los 90. Y siempre va por más.Su discurso, como sus colecciones, es colorido y espontáneo. Habla de su vida privada sin reparos, como al contar que, desde diciembre pasado está “felizmente casado” con el arquitecto Mauro Bernardini quien, además de su pareja desde hace trece años, también es su socio en esta nueva línea de mobiliarios para el hogar donde, por supuesto, las telas son protagonistas.

 

 

¿Querés expandir el negocio o te aburriste de diseñar ropa?

 

No me aburrí de diseñar ropa ni objetos. En realidad, mi visión de Tramando desde su inicio, hace ya diez años, siempre fue pensada como una usina de diseño, un think tank (laboratorio de ideas). De hecho, Tramando se lanza con una colección de ropa para niños, hombres, una línea de sábanas, toallas y objetos. Pero los que sabían de negocios me habían dicho que era una locura y tenían razón. Por eso tuve que hacer foco en la ropa de mujer, porque sino el negocio no funcionaba. Recién ahora, después de todos estos años, comenzaron a concretarse las alianzas, con Topper para la ropa deportiva, o con Plan Arquitectura ahora, para Tramando Casa.

 

 

¿La tela siempre está antes que el diseño en tu cabeza?

 

Me importa el diseño y por lo tanto el textil, que es el valor esencial que yo puedo agregar. A ese textil lo trato como una piel, y el indumento que propone Tramando es una piel diferente. El trabajo es transformarla, que se vea y se sienta distinta. A veces, el revestimiento logrado para una lámpara fue el camino equivocado de una prenda. La exploración es constante.

 

 

¿Es cierto que en tus inicios saliste a vender con un catálogo de telas que no te compraba nadie?

 

Sí, es una historia muy graciosa. Yo comienzo a trabajar con las telas en el taller de experimentación textil para telas de tapicería de mi tío León, dueño de Gris Dimensión. Trabajábamos con serigrafía y a mi tío lo llaman de la UBA para dar clases en la facultad. Cuestión que con 20 años, estudiando teatro y diseño gráfico porque lo mío no eran las telas, comencé a enseñarles a los alumnos de mi tío que venían al taller para hacer un trabajo práctico, y ahí conozco a dos chicas: Florencia Vitón, una gran artista, y Carla Bonifacio, hoy Calma Chicha. Los tres juntos armamos el primer estudio de diseño textil en el país y con las carpetas armadas salimos a vender.

 

 

¿A quién fuiste a ver?

 

A los diseños de marcas exitosas como Vitamina, Kosiuko, Key Biscayne y una decena más. Pero salvo Néstor Goldberg, ex dueño de Key Biscayne y ahora El Cid, y Carolina Ainstein, de Vitamina, nadie nos entendió. Todos me preguntaban: ¿Vos vendés telas? “No”, les explicaba. “Yo te vendo el diseño, pero así podés tener una identidad de estampados en tus colecciones”. Y la mayoría me respondía… ¿Para qué te los voy a comprar a vos si yo compro las telas ya estampadas? Entonces decidimos cerrar el estudio.

 

 

Vendiste tus primeros diseños afuera. ¿Quién fue tu primer cliente?

 

Me fui a Nueva York, visité treinta estudios hasta que conseguí uno que me representara. Viajaba a Milán, por ejemplo, le mostraba mi colección a Moschino y me volvía con plata en el bolsillo. Una locura. Lo mismo con Romeo Gigli y Roberto Cavalli. Ellos fueron mis primeros clientes. Después conocí a Jessica [Trosman], y nace Trosman-Churba.

 

 

¿Qué impacto tuvo Trosman- Churba en el mercado?

Fue como cortarlo con una navaja filosa y dejar una cicatriz para siempre. Pero también fue muy importante en mi vida, tuvimos la oportunidad de expresarnos desde la libertad y nos dio mucho reconocimiento profesional.

 

Tenés un local en Tokio ¿Qué diferencias hay entre tus colecciones para las mujeres japonesas y las argentinas?

 

Todas las locuras que yo hago acá para los desfiles allá las compran para usarlas en la calle. En Japón se divierten con la ropa, no les importa qué dirán los demás. La mujer argentina es muy limitada, acotada. Se fija que el escote no sea muy pronunciado, que no se le vean las várices, que no se le escape un rollito, que la manga, que esto y aquello… Están minadas de prejuicios por una sociedad machista y no se animan. En Japón disfrutan de lo que yo les propongo, me reciben como un artista.

 

 

¿Siempre vinculás tus colecciones con el arte?

 

Convocamos a Pablo Siquier para inspirarnos en su obra y crear la nueva colección Los Años Locos. El arte es como el primo cool de la moda, y a mí me gusta estar cerca de ese primo cool , con onda.

 

 

¿Te considerás un artista?

 

Tengo muchos sombreros. Soy un artista textil, un diseñador de moda, el dueño de una compañía, un empresario. La verdad es que no puedo quedarme quieto.

 

 

 

Maria barberis  www.pinterest.com/mariabarberis

 

Gentileza diario La Nacion por Soledad Vallejos

 

 



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