Por Mariano Busilachi

 

En los últimos años estamos asistiendo a una especie de transformación en el ámbito de la palabra, en el contexto del debate político. No se trata acá de hacer un estudio semiótico ni lingüístico, sino de ver cómo los políticos generan nuevos lenguajes. Quizás producto de su verborragia o, y no menos grave, producto de su estrategia comunicativa como miembros de un grupo influyente de poder.

 

Tanto el gobierno nacional como la masa opositora han creado nuevas palabras y significados que son imitadas por muchos de sus seguidores. La militancia actual reconoce en sus líderes nuevos modelos a seguir, copiando sus discursos y tomándolos como verdad objetiva. Es muy común encontrarse con jóvenes que hablan del relato, del monopolio, del imperialismo, de los gorilas, de los golpistas, de lo nacional y popular, de la dictadura K, de un sinnúmero de frases y términos que, en definitiva, no tienen sentido. Porque se utilizan como argumentos de debate y son subjetividades muy marcadas, que no sirven como fundamento de posición ideológica. Generalmente sucede que en nuestro país pensar distinto es sinónimo de enemistad. Y el debate no se trata de poner en juego lo que uno siente, ni de ser enemigo de nadie. Se trata de crear un ida y vuelta de ideas, intentando encontrar puntos en común en los que se pueda converger para construir ideas. El gran daño para el debate es hablar desde la pasión. La pasión será siempre subjetiva. Y ésta, no se negocia.

 

No obstante, lo grave es que quienes deberían dar el ejemplo no lo hacen. Quien pone la subjetividad ante la razón es la propia clase política argentina. Y esta tendencia hace que se generen nuevos lenguajes, nuevas formas de argumentar. No es sano para un país que todavía se hable de oligarquía, de imperialismo, de golpismo, de gorilas, de dictadura K. Porque los jóvenes, a pesar de su espíritu crítico, repiten estos discursos. Y se produce un vacío de ideas producto de esta superficialidad del lenguaje.

 

Cualquier cosa que dice el gobierno es un relato propio de una dictadura. Cualquier cosa que dice la oposición es propia de un golpista de clase media. Cualquier cosa que dicen los medios es una operación de prensa de Clarín. ¿Es esta la forma de generar espacios para el debate? ¿Se puede dialogar con estas frases tan desafortunadas? Seguramente quien más debe dar el ejemplo es el gobierno, ya que representa a todo el pueblo y debe ser el primero en estar abierto al diálogo (algo que no sucede). Pero la oposición también es responsable, porque en última instancia representan a ciertas minorías que confían en ellos. Se entiende que es difícil pedirle diálogo a un gobierno cuando ni la presidente ni ninguno de sus ministros escuchan a un sector de la población que se manifiesta de forma masiva. No solo eso, sino que lo ningunean diciendo que no pueden manifestarse porque están bien vestidos y no los van a poner nerviosos. Pero la oposición tampoco genera propuestas ni ideas para contrarrestarlo. Solo critican y esperan que las cosas pasen por generación espontánea.

 

Es curioso, pero todas estas prácticas de crear figuras representativas en el otro es producto de la vieja política argentina. La de las disidencias sostenidas en el tiempo hasta que el dinero demuestre lo contrario. ¿Habrá habido renovación en la clase política argentina? Es dudoso pensar que sí, ya que quienes gobiernan y quienes se oponen construyen discursos similares a sus antecesores. Todavía se habla de modelos, de divisiones, de clases, de relatos. Pero tal cual como sucedió años atrás, ¿quién puede arrojar la primera piedra en materia de neoliberalismo, monopolio, progresismo, pluralidad? O siendo un poco más contundentes, ¿quién es capaz en la clase política argentina de hablar de políticas de Estado?



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