Alfonso Severo, el testigo que debía declarar ayer en el juicio por el crimen de Mariano Ferreyra y estaba desaparecido desde el miércoles a las 23.30, apareció anoche.

 

El hombre fue arrojado de un auto en una zona ferroviaria de Gerli conocida como Kilo 4. Empezó a gritar y fue ayudado por los empleados de una remisería de la calle Clemenceau.

 

Tenía las manos atadas por unos precintos plásticos, golpes en la cabeza y un fuerte dolor en el pecho. Desde la remisería llamaron al 911 y fueron a buscarlo efectivos de la Policía Bonaerense, que lo trasladaron al hospital Finochietto.

 

Severo fue gerente de Contingencia en Ferrobaires y conoce de primera mano los movimientos de la patota ferroviaria que habría asesinado a Ferreyra.

 

A las 23.30 del miércoles salió de su casa en Sarandí para visitar a su nieto, que se recuperaba de una cirugía. Nunca llegó. Su Renault Clio negro apareció ayer por la tarde a diez cuadras de su casa con las llaves puestas, sus documentos y algo de dinero y medicación que llevaba encima. Por la noche, el hombre apareció a unas 15 cuadras de allí.

 

La desaparición de Severo trajo a la memoria la de Jorge Julio López y, durante las horas en que no se supo nada, resultó otro mazazo en una Casa Rosada que trata de encauzar la protesta de prefectos y gendarmes.

 

Por la mañana, la ministra de Seguridad, Nilda Garré, libró un pedido de búsqueda nacional de Severo a todas las fuerzas. Por la tarde, su hijo, Gastón, estuvo en el Ministerio conversando con la secretaria de cooperación con el Poder Judicial, Cristina Caamaño, que fue precisamente la fiscal original de la causa Ferreyra ante la que declaró Severo al comienzo de la etapa de instrucción.

 

El militante del Partido Obrero fue asesinado el 20 de octubre 2010. La madrugada siguiente, el frente de la casa de Severo recibió siete disparos calibre 40 y 45. Los días 21 y 22, Severo aportó ante la Justicia detalles de cómo la Unión Ferroviaria (UF) había organizado en la estación Constitución el operativo para enfrentar la protesta de los tercerizados del día 20 y los lugares donde escondían armas en esa misma estación y en el Museo Ferroviario Bonaerense de Avellaneda, que también se utilizaba como un polígono para la práctica de tiro.

 

Había dado detalles de cómo ejercía su poder José Pedraza a través de la Ugofe que opera el ramal Roca y hasta había reconocido en las imágenes televisivas a algunos de los que integraron la patota que asesinó a Ferreyra. Todo eso y más pensaba declarar ayer en el juicio.

 

En los últimos días venía recibiendo llamados intimidatorios. “Me había comentado de las llamadas que tenía, pero me dijo que no le importaba nada y que iba a declarar igual”, contó ayer su hijo.



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