Por: Lic. Silvana Buján
BIOS – RED NACIONAL DE ACCION ECOLOGISTA

 

En los últimos años ha estallado el problema del impacto de los agrotóxicos sobre la salud de las personas, tanto las que manipulan esas sustancias como las que las reciben a través de las fumigaciones cercanas, o de todos nosotros, cuando comemos vegetales con residuos tóxicos.

 

Es innegable y escandaloso el cúmulo de trabajos científicos nacionales y extranjeros que se han recopilado en estos últimos años y que desnudan, crudamente, una realidad silenciada a la sombra del modelo industrial agrícola.

 

Aquello que parecía restringido a revoltosos pobladores ocasionales, terminó siendo masivamente asumido por coaliciones de médicos, biólogos, toxicólogos, genetistas, que salen a contar los espantos que este modelo de producción genera en las sombras, sobre la salud ya no sólo del ambiente, sino de nuestros congéneres.

 

Docenas de poblaciones, sensatamente, comenzaron a restringir las aplicaciones de agrotóxicos en sus periurbes. Semana a semana la lista fue ampliándose con comunidades más o menos grandes, que ponían freno al uso de tóxicos. Algunas provincias ya tienen proyectos de ley que prohíben las fumigaciones aéreas y establecen franjas obligatorias vedadas a los agrotóxicos en los bordes de las zonas pobladas.

 

Pero… en todos y cada uno de estos sitios, hay productores que parecen no comprender la imperiosa necesidad de detener este genocidio del cual nadie se hace cargo, e insisten solapada o abiertamente, en anular estas legislaciones sanitarias. Sus argumentos oscilan entre el derecho de aplicar lo que les venga en gana, hasta el argumento falaz de que serían tierras sin rédito económico si acaso no usasen los venenos.

 

La falsedad de esas afirmaciones se contrasta fácilmente. Por un lado, el derecho a la vida, básico y universal, que no puede ejercerse si uno es pulverizado con veneno, a ritmo horario, sentado en la puerta de su casa. Por el otro, la reconversión hacia la agroecología es concreta, probada y de amplia experiencia en todo el mundo. Nuestra provincia de Buenos Aires, de hecho, tiene producciones orgánicas de todo tipo y en grandes extensiones, y sus dueños no se quejan precisamente de no ganar dinero. El INTA y el IPAF tienen equipos que saben del tema y ofrecen asesoramiento.

 

Entretanto se avance hacia una agricultura diferente de la que nos empujó a la crisis, con la comprobación certera del peligro y los impactos probados en los más altos estrados judiciales y en las más expertas unidades académicas, cuando sabemos que hay personas que persisten en seguir envenenando a sus compatriotas, sentimos la pena honda de pensar que reducir o eliminar la protección de los habitantes, eliminando las legislaciones que los protegen, es, como diría María Elena Walsh, retroceder en cuatro patas.



Siguiente Noticia "Hay que seguir trabajando para que la F-1 sea una realidad"

Noticia Anterior Alvarado jugó amistoso pensando en Santamarina

Nos interesa tu opinión:

Comentarios:

1 Comment

  1. alejandro
    27 septiembre, 2012 at 7:18 PM — Responder

    Comparto que no está bien fumigar sobre zonas pobladas.
    Sin embargo el comunicado tiene algunas falsedades, lo cual es curioso porque no es necesario.
    engañar para defender una buena idea como no fumigar sobre las personas.

    Dice:
    ““Es innegable y escandaloso el cúmulo de trabajos científicos nacionales y extranjeros que se.
    han recopilado… terminó siendo masivamente asumido por coaliciones de médicos, biólogos,
    toxicólogos, genetistas, que salen a contar los espantos que este modelo de producción genera.
    en las sombras, sobre la salud ya no sólo del ambiente, sino de nuestros congéneres”.

    En realidad eso no es cierto. En primer lugar no hay numerosos trabajos científicos que se.
    refieren a que la producción agropecuaria genera “espantos” en la salud sino, más bien,
    algunos artículos de opinión de ong ecologistas sin datos contrastables.
    Hay algunos artículos científicos, como el del DR. Carrasco, que publicó en una revista internacional de prestigio. Pero que luego fue denunciado por cometer varios fraudes en su texto y, además, porque (aunque su información fuera veraz) no demuestra el daño en humanos.

    Dice:

    ““Pero… en todos y cada uno de estos sitios, hay productores que parecen no comprender la imperiosa necesidad de detener este genocidio…”

    ¿Genocidio? Insisto en que comparto que no se deben fumigar zonas habitadas, pero hablar de genocidio es, además de exagerado, un insulto a todas las comunidades que sufrieon realmente este azote.
    ¿Que datos concretos tiene de tantas muertes por fumigaciones? Datos concretos.
    Y no me vengan con que hay una conspiración que oculta cadáveres.

    Dice:

    “Por el otro, la reconversión hacia la agroecología es concreta, probada y de amplia experiencia en todo el mundo.”

    Miente. La agroecología no existe. Cualquier práctica agronómica es, por definición, anti ecológica. La practiques con un palo en chancletas o con una maquina último modelo y un satélite.
    La experiencia en todo el mundo muestra que, además de ser aplicable a muy pequeña escala, la agrucultura (mal llamada) “ecológica” es la que más casos de contaminaciones documentadas tiene (muertes e intoxicaciones) y es la más cara.
    Son productos para elites. Es para que coman pocos y caro.

    Dice:
    “…con la comprobación certera del peligro y los impactos probados en los más altos estrados judiciales y en las más expertas unidades académicas,…”

    Miente: el impacto ambiental no se prueba en la justicia, sino en el laboratorio (el mismo que desprecian los ecologistas), y las “unidades académicas” (que cuando les conviene dejan de atacar) tampoco demostraron nada (ya se sabe a nivel internacional del fraude de Carrasco, el cual es referido burlonamente como “el fraude argentino”).

    No hace falta engañar para defender una buena idea.

Deja un comentario