La historiadora francesa Christine Bard muestra cómo una prenda se usa para señalar el poder. La pregunta sigue en circulación. Es un cliché para graficar quién tiene el mando. Puede ser burlona, pero aún funciona.

 

 

El pantalón no es sencillamente “una prenda de vestir que se ajusta a la cintura y llega generalmente hasta el pie, cubriendo cada pierna separadamente”, significa también, de acuerdo a la Real Academia Española, “Hombre u hombres” (varones). Los pantalones los visten “ellos”, y si se habla de “pantalones”, se habla de varones. Y los varones, ya se sabe, tienen el poder. La asociación pantalón-masculinidad-poder está presente desde hace dos siglos en el mundo occidental.

 

 

La investigadora francesa Christine Bard, en su Historia política del pantalón (que acaba de salir en la Argentina), rastrea el recorrido de esta prenda hasta su universalización. El título no es inocente: no se trata de una parcela de la historia de la moda, sino que refleja la construcción del género sexual.

 

 

Bard, discípula de Michelle Perrot (editora de Historia de las mujeres), afirma que el pantalón se erige como “emblema de la virilidad”. Para ella, la conquista del símbolo por parte de las mujeres expresa el deseo de igualdad de los sexos, aunque en el ámbito individual quizá se trate de una identificación masculina o de la elección de una prenda práctica.

 

 

Bard resalta que desde la antigüedad la diferenciación de las apariencias según el sexo es una ley fundamental por la que velan las autoridades religiosas y políticas. Algunas los usaron igual: en pantalón, ellas accedían a libertades que les estaban prohibidas.

 

 

El pantalón entró en la historia política en la Revolución Francesa. Desde fines de la Edad Media, los hombres de las clases superiores llevaban un calzón ajustado hasta la rodilla. Esa culotte dejaba a la vista la pantorrilla, cubierta con una media sujeta por una liga. El hombre atractivo debía tener bellas piernas, y las exhibía.

 

 

 

 

 

El pantalón era la prenda del bárbaro, del pobre y se convirtió en sinónimo de revolución y modernidad. En 1789 les dio nombre a los rebeldes: los sans-culottes (sin culotes).

 

 

Pero las mujeres siguieron condenadas al Antiguo Régimen, tanto en derechos como en vestimenta. Una ordenanza de 1800 prohíbe a las francesas el uso de pantalones. En 1848 se establece el sufragio universal y las francesas no están incluidas en “todos los franceses”… Para ellas, vestir pantalón seguirá siendo un delito hasta finales del siglo XIX, cuando una circular autorice a aquellas mujeres que entre sus manos sostengan “el manillar de una bicicleta o las riendas de un caballo”.

 

 

Bard analiza, entre muchas otras, la propuesta del ideólogo Charles Fourier de vestir igual a niños y niñas, ya que argumentaba que la masculinidad y la feminidad podían darse en diferente grado de combinación. También la reivindicación igualitaria de la escritora George Sand, amante de Chopin, quien vestía ropas de varón. O el caso de Violette Morris, campeona de automovilismo y otros deportes, quien completó el atuendo masculino con una mastectomía, según ella para conducir mejor su coche de carreras.

 

 

En la progresiva popularización del pantalón a lo largo del Siglo XX influyeron los deportes, la preocupación por proteger el cuerpo femenino y el aumento del trabajo de las mujeres, que se aceleró al final de cada una de las guerras mundiales. Sin embargo, hasta la década de 1980 las diputadas francesas tuvieron vetado el acceso a la Asamblea Nacional si se presentaban con el atavío característico del sexo opuesto.

 

Para el diccionario, “travestir” significa: “Vestir a alguien con la ropa del sexo contrario”. Entonces, ¿la ropa tiene sexo? ¿DE DONDE SALE LA PALABRA? La palabra “pantalón” viene de “Pantaleone”, un personaje de la comedia italiana que nace en el siglo XVI. Era un veneciano viejo y avaro que vestía unos calzones largos.

 

 

DIARIO CLARIN   (por  Mayra Leciñana)

 



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