Todo el país habla del posible default de la deuda soberana argentina. Los canales de noticias no hacen más que hablar del tema del momento, y eso se replica en la sociedad. Últimamente la gente sabe más sobre quien es Thomas Griesa, Dan Pollack o Paul Singer, que los nombres del propio gabinete de ministros argentinos (por si tiene dudas son 15 ministros).

Pero, ¿qué tan grave sería entrar en default? ¿Volveríamos a un escenario similar al del 2001, o realmente no tendría impacto en la economía diaria de la sociedad? Vamos a tratar de clarificar un poco este tema.

Primero vamos a definir el escenario. El default que está en juego no es por la deuda de los holdouts o fondos buitres. Es decir, la deuda que se dejaría de pagar no es la del juicio que lleva adelante el juez Griesa, sino la deuda reestructurada en los canjes del año 2005 y 2010, por un pago de más de 500 millones de dólares que venció el 30 de junio. Es decir, si no se paga esa deuda para el 31 de julio implicaría la entrada del país en default. Entonces, ¿qué tienen que ver los holdouts en esto? Pues estos últimos iniciaron un juicio en el año 2008 para cobrar el 100% de la deuda en su poder por no aceptar los términos del canje, y 6 años después, la justicia de Estados Unidos le dio la razón y ordenó a Argentina pagar la deuda. Con ese fallo a favor, los holdouts tienen todo el derecho de embargar cualquier pago que Argentina le haga a sus acreedores, lo que impide el normal pago de las obligaciones corrientes. Entonces, la solución sería pagarle a los buitres y evitar el default, pero esto podría desencadenar una serie de juicios de los acreedores que si aceptaron el canje debido a la cláusula RUFO (Rights Upon Future Offers), exigiendo un trato igualitario y desencadenando una explosión de deuda externa cuya magnitud aún es desconocida.

A muy grandes rasgos este sería el problema actual. En el peor de los escenarios posibles, la negociación fracasaría, no se pagaría a los acreedores reestructurados el 31 de julio y el país ingresaría oficialmente en default.

Para entender las consecuencias de esta medida basta asimilar la situación con la economía de su empresa. Si usted pide un crédito y deja de pagar la deuda, aunque haya pagado correctamente la mitad de la misma, el banco tiene la obligación de informar al sistema financiero, a través de las bases de datos del Banco Central su actual situación crediticia. El figurar en estas bases de datos le impedirá seguramente acceder a créditos dentro del sistema bancario por un tiempo, o al menos hasta que regularice su situación. Y si puede acceder a créditos por fuera del sistema bancario, su perfil de riesgo implicará el cobro de una tasa de interés más elevada para compensar el riesgo de no pago.

Entonces, si entramos en default es de esperar que las líneas de crédito que Argentina estaba negociando, tanto desde el sector público como por empresas privadas, sean paralizadas automáticamente dado nuestro nuevo estatus de riesgo. Esto implicaría que el principal objetivo por el cual se firmaron los acuerdos con el Club de París y con Repsol (ambos a cambio de emisión de bonos soberanos a un elevado costo) no se cumpliría, ya que los mismos iban dirigidos a lograr la apertura de líneas de crédito para nuestro país a fin de paliar la actual situación de las reservas internacionales. Por esta misma situación, las provincias argentinas que tenían preparada la emisión de deuda para poder solventar algunos gastos corrientes de este año no podrán hacerlo, como ya le sucedió a la provincia de Buenos Aires con una colocación paralizada por U$S 500 millones.

Básicamente supone pasar a figurar en una lista de países incumplidores, sin acceso a los mercados financieros internacionales, o acceso a un mercado paralelo de costo muy elevado. En una economía normal esto llevaría a la entrada en recesión económica (es decir, dejar de crecer), disminución de la inversión, aumento del desempleo por la baja del nivel de actividad, algo de inflación por la presión de los precios y la escasez de dólares, una presión sobre el precio de la divisa norteamericano que seguramente elevará su precio, y un aumento de la tasa de interés. Pero este escenario en nuestro país ya está presente. Hoy en día nos encontramos en recesión económica, el nivel de actividad se ha desacelerado (en algunos sectores de la economía dramáticamente, como el automotriz), el dólar está sometido a constante presión por el ascendente déficit fiscal y la escasez de reservas, la inflación para este año rondará entre el 35% y el 40% , las tasas de interés ya se encuentran en niveles insostenibles debido a la alta liquidez del mercado, los niveles de inversión son muy bajos desde hace unos años y el desempleo viene en alza desde mitad del año pasado. En definitiva, el default implicaría a corto plazo un desmejoramiento de la situación actual, pero no una catástrofe como sí sucedió en 2001. Todas las variables que se presentan en un default ya están presentes en nuestra realidad diaria, así que lo que puede esperarse es una aceleración de alguna o varias de ellas. En definitiva, nuestro país, tan habituado a las situaciones más descabelladas, deberá nuevamente recordar la parábola de la rana hervida, y soportar el aumento de la temperatura del agua.

Lo que seguramente se complicará es el sendero de la recuperación, postergando la vuelta al camino del crecimiento por un tiempo más, es decir, hasta que podamos volver a la lista de países cumplidores y solucionemos definitivamente la situación de todos nuestros acreedores, no solo los que están en juicio en este momento

 



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