En memoria de los caídos en Malvinas y los veteranos de guerra fallecidos, se realizó una misa presidida por el obispo de Mar del Plata, monseñor Antonio Marino.

Estuvieron presentes miembros del Ejército y de la Fuerza Área, junto a familiares y ex combatientes de Malvinas, y gran cantidad de fieles que se acercaron a homenajear a los “soldados de la Patria”.

El Obispo se refirió a los caídos en Malvinas y a los veteranos de guerra y destacó que “en nuestra ciudad es particularmente vivo el recuerdo de los que ofrendaron sus vidas defendiendo la patria. Pero también debe estar vivo el recuerdo y la gratitud hacia todos aquellos que habiendo participado siguen presentes entre nosotros, con su carga de recuerdos, de sano orgullo patriótico. Y también de frustraciones y dolorosas secuelas”.

“Seiscientos cuarenta y nueve argentinos fueron sacrificados por defender a la patria. Y muchos otros que sobrevivieron debieron experimentar la crueldad del período posterior a la guerra, cuando al regresar tuvieron que enfrentar consecuencias físicas y anímicas, a veces irreversibles, dolorosos problemas económicos y familiares, y la dificultad de conseguir trabajo. Por todo lo cual el horror de la guerra siguió cobrando vidas, que se sumaron a los muertos en combate, con el agravante del silencio y del olvido”, expresó el obispo.

“Padres, hermanos e hijos de aquellos combatientes reviven con intensa emoción aquellos días. Desde la mirada de la fe cristiana, los alentamos a transformar el dolor en semilla de gloria y de fecundidad. Hoy pedimos que todos puedan experimentar la misericordia de Dios que infunde su paz y da consuelo al abrir en nuestra mente los anchos horizontes de la esperanza. La sangre vertida y el sufrimiento posterior no han de quedar infecundos, ni en sus propios destinos ni para la patria”, detalló monseñor Marino.

Finalmente, el pastor de la Iglesia Católica de Mar del Plata, pidió “hoy formulamos el deseo legítimo que se expresó durante este día en distintos homenajes: que lleguemos a ver el día en que sin una sola gota de sangre nuestra bandera vuelva a ondear en esa parte irredenta de nuestro territorio nacional. A la Madre de Dios, bajo el dulce título de Virgen de Luján, madre espiritual de los argentinos, le encomendamos a nuestros hermanos nuestros. Ella que es consuelo de los afligidos, alcance el consuelo y la paz a todos sus hogares”.



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